Lapida

Lapida
Lápida en Basílica de Santa Ursula en Colonia, Alemania

jueves, 26 de septiembre de 2013

Castrillo de Matajudíos, España

SANTA ÚRSULA Y LAS ONCE MIL VIRGENES por César Justel   

(publicado en Magazine de La Vanguardia)
La leyenda de la vida de Santa Úrsula, patrona de varias localidades españolas se remonta a tiempos de Atila y se extendió en la edad media.
                    
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 El 21 de octubre está dedicado a la festividad de Santa Úrsula, a quien se celebra en varias lugares, en alguno de las cuales se conservan reliquias tanto de ellas como de sus compañeras, conocidas como las once mil vírgenes. Si se diera crédito histórico a la famosa leyenda, tema frecuente de inspiración de pintores del barroco, habría que pensar que eran mujeres hombrunas ya que fueron ellas quienes libraron la ciudad de Colonia del cerco de los hunos cuyo jefe, Atila, quiso quedarse con la capitana Úrsula. La duda es que en Colonia –posible escenario de los hechos- no se recuerda tal cantidad de vírgenes.

1350305388133-SANTA_URESULA_CASTRILLO_DE_MATAJUDIOS_Burgos_.jpgPara reconstruir su historia hay que acudir a libros litúrgicos. En realidad debieron ser cinco, ocho u once, y los nombres más seguros: Ursula, Sencia, Gregoria, Pinnosa, Martha, Saula, Brítula, Saturnina, Rabacia, Saturia y Palladia. Es mucho más tarde de su supuesto martirio cuando se empieza a hablar del número “once mil”. Algunos investigadores dicen que eran Ursula y Undecimilia y este nombre al traducirse dio origen al error. La versión más creíble es que Úrsula era la hija de un rey cristiano de la Gran Bretaña pedida en matrimonio por Holofernes, rey pagano. Deseando permanecer virgen obtuvo un plazo de tres años para ir a Roma, tomando a diez vírgenes como compañeras, llevando cada una otras 1.000 como ayudantes. Al volver a Colonia fueron martirizadas por los hunos. Hasta aquí la posible historia.

1350305265021-10_21_CASTRILLO_DE_MATAJUDIOS_Burgos_salida_iglesia.jpgEspaña fue uno de los primeros países que recibió en 1223 reliquias de ellas a través de los cistercienses. La Orden de las Ursulinas, fundada en 1535 por Santa Angela de Merici, dedicada principalmente a la educación de jóvenes, contribuyó a propagar por el mundo el nombre y su culto. En el hospital de San Juan, en Brujas, hay una caja de reliquias de Úrsula y las Once Mil Vírgenes. Tiene un metro de longitud, una altura de 87 centímetros y un ancho de 33 y muestra con escenas de la leyenda

En España el que conserva las reliquias más importantes es el pequeño lugar de Castrillo de Matajudios en la provincia burgalesa de donde es patrona. Castrillo, a 4 kilómetros de Castrojeriz, no llega a los cien habitantes. Su nombre antiguo era Castrillo Mota de Judíos, porque existía un barrio habitado por estos. Dicho barrio fue arrasado y por ello quedó el nombre de matajudíos. Respecto a cómo llegó aquí la reliquia de Santa Úsula se debió a Antonio Cabezón nacido en el lugar y que fue ministro de Felipe II. La procesión con la imagen sale el mismo día 21 a las cinco de la tarde y durante todo el recorrido se bailan jotas ante ella.

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miércoles, 26 de septiembre de 2012

Historia y teología del martirio. Parte II

Este artículo es la continuación de la historia del Martirio. Parte I

Artículo tomado de la Biblioteca Católica Digital del sitio web www.mercaba.org




II. Espiritualidad del martirio en la actualidad
El martirio no se introdujo en el mundo espiritual cristiano con la muerte de Esteban por obra del sanedrín ni concluyó con la paz constantiniana. Aunque históricamente el "martirio" ha sido una prerrogativa de los creyentes a quienes su fidelidad a Cristo les ha costado la vida, el valor semántico del término es más amplio. Como ya se ha indicado la noción de "testimonio" más fundamental y primitiva, incluye la de martirio. El testimonio connatural a la fe cristiana, en cuanto que ésta implica atestiguar aquella verdad no abstracta sino concreta que para el cristiano se identifica con la persona y la historia de Jesús. ¿Es connatural también el martirio? El martirio da más bien la impresión de ser una modalidad contingente del testimonio, destinada a desaparecer en donde prevalezcan la tolerancia civil, el principio de la libertad de conciencia y los valores del pluralismo.

Si tomamos por base el uso lingüístico, tenemos una indicación favorable a la actualidad del testimonio. En efecto, mientras que el "testimonio" goza de todas las simpatías de los cristianos de nuestro tiempo (incluso hasta llegar a una inflación del término en el ámbito de las espiritualidades activistas), el "martirio" es mirado más bien con desinterés; más como un fenómeno del pasado que como un hecho sintomático del presente. Es sabido que en la época patrística, y sobre todo en los dos primeros siglos, el mártir constituyó el modelo del cristiano perfecto. Hoy, a pesar de todo el interés por un cristianismo testimonial, no sabríamos construir una espiritualidad cristiana sobre el martirio.

A algunos esta marginación del martirio del horizonte espiritual del cristiano les parece sospechosa. Apenas clausurado el Vat. 11, la voz de un conocido teólogo recordaba a la comunidad católica, entusiasmada por el diálogo con el mundo, la realidad del martirio como "caso serio" de la fe cristiana. Hans Urs von Balthasar señalaba polémicamente en Cordula —la joven de que nos habla la leyenda de las once mil vírgenes; habiendo huido al principio de la muerte, salió luego espontáneamente de su escondite y se ofreció voluntariamente al martirio— la antítesis de muchos cristianos contemporáneos. Su principal cargo contra ellos es que han dejado de considerar el cristianismo como un "caso serio" (esta expresión, traducción literal del alemán Ernstfall, es incapaz de recoger todas las resonancias del original; indica el elemento esencial de una Weltanschauung que afecta existencialmente al individuo y, por tanto, al compromiso absoluto con que éste responde a una percepción nueva de la realidad, o también el caso de emergencia en que es preciso jugarse el todo por el todo). El olvido de la "seriedad" del caso planteado por la cruz y la resurrección de Cristo provocaría la atenuación del misterio, la pérdida de la identidad cristiana. la huida hacia un mañana utópico ante el futuro del mundo; junto con la disponibilidad para el martirio, los cristianos modernos habrían perdido también el legítimo orgullo del nombre cristiano, prefiriendo el anonimato.

La liquidación del martirio no entraba en las intenciones del concilio. Además del texto de la LG 42 —citado por H. U. von Balthasar al comienzo de su libro—, que presenta el martirio como una perspectiva siempre abierta para la Iglesia de Cristo, se podría recordar la declaración sobre la libertad religiosa, en donde se exhorta a los cristianos a "difundir la luz de la vida con toda confianza y fortaleza apostólica, incluso hasta el derramamiento de sangre" (DH 14). Contra aquellos cristianos que identifican la tarea de la hora presente con la adaptación del mundo, el teólogo de Basilea reconoce como voluntad del concilio la "exposición inerme de la Iglesia al mundo. Demolición de las fortalezas; los baluartes allanados y convertidos en caminos. Y esto sin ninguna idea escondida de un nuevo triunfalismo, una vez que el antiguo se ha hecho impracticable. No se piense que, cuando los caballos de batalla de la santa Inquisición o del Santo Oficio hayan sido eliminados, se podrá entrar en la celestial Jerusalén cabalgando sobre el manso borriquillo de la evolución, agitando palmas". La puesta al día de la Iglesia no debería mirar, por consiguiente, a la eliminación definitiva del martirio en la vida espiritual del cristiano, sino más bien a un martirio que resulta casi obvio.

Puede ser oportuna esta apelación a la "seriedad" de la fe cristiana y al martirio, que es su sello. Pero no ha de entenderse como propuesta del cristiano como mártir en el sentido de un modelo heroico. La época en que vivimos no es ya un mundo de héroes, aunque sigan siendo actuales algunas características de lo que en el pasado era patrimonio de los héroes. Si consideramos heroico lo que depende de una habilidad excepcional, desarrollada mediante un esfuerzo extraordinario, encontramos también en nuestra cultura figuras eminentes que suscitan la admiración común. Sin embargo, desde este ángulo visual nos cerramos todas las posibilidades de comprender lo que es típico del santo cristiano. La vida del santo no es una hazaña de grandeza humana, sino una hazaña del Dios de la alianza. No se trata de celebrar la grandeza del hombre. sino de anunciar la fidelidad de Dios. El uso apologético de mala calidad, como autocelebración de la comunidad confesional, que puede hacerse del heroísmo de los santos —especialmente el de los mártires—, muere apenas nace cuando pensamos que la Iglesia es tan poco dueña de los santos como lo es de la palabra de Dios. No puede servirse de ellos para su propia glorificación ni por motivo alguno de triunfalismo y autocomplacencia. Por tanto, no está en manos de la Iglesia programar los martirios. Incluso la autocandidatura al "martirio" —en sus formas más blandas del vituperio o de la discriminación— de los grupos integristas resulta sospechosa; en todo caso, no puede pretender ser la única forma de vivir consecuentemente el compromiso cristiano. En cambio es plenamente legítimo acentuar la fortaleza como virtud que acompaña y hace posible la fe. Hoy lo mismo que ayer. No se trata de volver a proponer con Nietzsche un superhombre que viva "peligrosamente"; lo que importa es llevar una vida "buena". Pues bien, desde hace veinte siglos, en la tradición cultural de Occidente la vida del hombre éticamente realizado se ve a través de un espectro de cuatro colores, constituido por las virtudes de la prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Todas las fuerzas originales del Occidente —griegos y romanos, judíos y cristianos— han contribuido a la puesta a punto de este esquema de la estructura ética que le permite al hombre realizarse. Al aceptarlo, la teología cristiana admitía que el bien no se realiza por sí solo, sino que requiere el esfuerzo del individuo dispuesto a luchar y, si es preciso, a sacrificarse por ello. En los casos límite puede inclusoexigirse la renuncia a la vida. En el filón tradicional de Occidente esta perspectiva ha producido el principio de la libertad de conciencia y una consideración reverencia) de quienes sufren violencia por su fidelidad a unos principios éticos y religiosos. Para la religión de la libertad de conciencia son mártires tanto Sócrates como Cristo. Ambos realizaron un ideal de bondad-verdad-belleza y se adhirieron a él con fortaleza; fue más fácil arrancarlos de la vida que de aquel mundo de valores.

Desde el principio, los cristianos tomaron conciencia de que con el mismo acto con que se adherían a Cristo tenían que enfrentarse con el "siglo", dado que en él actuaban "potencias" contrarias a la salvación que Dios les ofrecía en Cristo. La muerte misma de Jesús, el "mártir" por excelencia, fue vista como el resultado trágico de una lucha entre fuerzas antagónicas. La fortaleza necesaria a los testigos de la fe no imita el cuño del heroísmo; lo vemos en el estilo con que se da el testimonio. La fuerza de los testigos no es la de un arco que se tensa, sino más bien la de un salto de agua que brota irrefrenable. Puestos en situación de choque frontal con las potencias antievangélicas, demuestran confianza, seguridad gozosa, orgullo. Dos términos griegos se utilizaron especialmente para expresar esta novedad cristiana: parresía y káuehesis. La parresía se manifiesta exteriormente en el comportamiento del que puesto en pie, con la frente alta, habla abiertamente, con plena libertad de lenguaje, de su encuentro con la "potencia"; interiormente le da al testigomártir una seguridad indefectible para anunciar con toda libertad la palabra de Dios. De ese encuentro nace la consagración leal a la palabra misma. Reflejo de esa confianza es la káuehesis, esto es, el hecho de gloriarse de algo después de haber hecho de ello el fundamento de las propias opciones existenciales.

Los cristianos han visto siempre en este comportamiento no tanto una grandeza ética que proponer como modelo a unos pocos hombres fuertes, capaces de asumirlo como propio, cuanto una vivencia mística, esto es, una experiencia interior y personal de la salvación. Freud afirmó que la mayor parte del heroísmo se deriva de la convicción instintiva de que "nada puede pasarme a mí". El intentaba desenmascarar en este tipo de comportamiento un narcisismo ingenuo, propio del "yo" que no se ha enfrentado todavía con el "principio de la realidad". Pero quizá su observación sea también verdadera en un sentido más profundo, que no tenía en cuenta el padre del psicoanálisis. La experiencia personal de la salvación amplía los limites del propio "yo"; en este "yo" más grande experimenta el creyente un sentimiento de preservación, de tutela, de garantía segura. A diferencia de lo que sucede en el ideal heroico, el testigo de la fe no se refiere a su propia virtud individual, sino a la "fuerza" con la que se siente en íntima comunión. En esa realidad más grande con la que se confunde su "yo", la muerte no es ya el mal mayor; ni siquiera es realmente un mal. Pablo nos dejó la celebración lírica más impresionante de esta confianza interior del creyente; casi una fotografía interior de una fe abierta al martirio (cf Rom 8,35-39).

El carácter particular, místico más que ético, de la fortaleza cristiana justifica el vinculo esencial que hay entre el cristianismo y el martirio. Al mismo tiempo, nos permite especificar en qué sentido es actual para los cristianos del s. xx el recuerdo del martirio. No se trata de desempolvar los modelos heroicos del pasado ni de instigar a un grupo confesional contra los principios civiles de la tolerancia y del pluralismo. Lo que sí resulta legítimo y urgente es defender una profesión del cristianismo basada en la experiencia personal de la salvación más que en referencias culturales. Como diría Von Balthasar, el cristianismo que da mártires no es el de los "profesores", sino el de los confesores. Donde se encuentra y se experimenta la salvación, el cristianismo es el "caso serio"; si no, puede ser todo lo más un "caso interesante".

El martirio, en cuanto habitus permanente de una auténtica espiritualidad cristiana, lleva, por tanto, al creyente a preguntarse en qué está basada su propia fe. Un motivo ulterior de la actualidad de la reflexión sobre el martirio es el valor kerigmático que todavía posee en la actualidad. Valor kerigmático, no apologético. El martirio anuncia un mundo nuevo futuro, pero ya sustancialmente presente. La predicación cristiana no recorre el camino de la conversión moral, como hizo Juan Bautista, ni el de la previsión de la catástrofe cósmica, como hacía la apocalíptica judía. La predicación del reino de Dios que hizo Jesús partió del anuncio de las bienaventuranzas. Y también el martirio es una bienaventuranza: "Bienaventurados seréis cuando os injurien, persigan y, mintiendo, digan todo mal contra vosotros por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos. Pues también persiguieron a los profetas antes que a vosotros" (Mt 5,11-12).

El martirio se convierte en signo del reino de Dios sólo en la lógica de las bienaventuranzas. Su contenido es una felicidad que tiene a la esperanza como dimensión esencial, ya que participa de la tensión entre el "ya" y el "todavía no", que es propia del reino de Dios. La felicidad del cristiano está basada en una promesa. Los que son declarados "dichosos" en las bienaventuranzas no lo son en virtud de su situación, sino como consecuencia de la voluntad de Dios de reservarles el reino. Ni la pobreza, ni el hambre, ni la aflicción, ni el martirio dan la bienaventuranza. Sólo la condición nueva que seguirá al derrumbamiento del desorden actual hará de los desheredados de hoy los destinatarios de la riqueza del reino, en el que Dios saciará el hambre y enjugará las lágrimas. El anuncio de una bienaventuranza ligada a los estados de pobreza, de tristeza, de opresión violenta sólo es posible en un horizonte de esperanza escatológica. Sin ésta, sentirse felices en esas situaciones sería un verdadero masoquismo y favorecería la alienación social. La bienaventuranza en una situación de tribulación tiene un efecto kerigmático: anuncia y señala que las ideologías que mantienen la opresión no son más que tigres de papel.

Los seres humanos tocados por este tipo de bienaventuranza son de un temple especial. Aunque no son protagonistas de una rebelión directa contra' los poderes opresivos, los amenazan mucho más peligrosamente que los revolucionarios. Los mártires protestan contra una situación en la que domina el mal. Pero ven perfectamente que no sólo los oprimidos, sino también los opresores, son víctimas de ese mal. Anticipan de este modo una inversión radical de la condición humana. El vencedor de hoy acabará siendo vencido; no por una revancha del mártir, sino por esa "fuerza" que lo sostiene y que constituye el "yo más grande" al que se ha entregado el mártir; una victoria que no humilla al vencido, sino que lo libera también a él. El martirio es anuncio de la fidelidad de Dios, hecho frente a un mundo en donde la injusticia triunfante se ha convertido en enfermedad endémica e institucionalizada. Tener el martirio ante los ojos significa para la Iglesia de hoy asumir la debida actitud frente al mundo; no la actitud de rendición acomodaticia ni la de la provocación autocomplaciente. Se trata precisamente de la actitud de los mártires de todos los tiempos. que supieron encontrar en la promesa la luz suficiente para caminar al encuentro del Señor que viene, soportando la tribulación y sin interrumpir nunca su canto. El canto de los mártires, ya tengan que soportar la prueba cruenta o la incruenta, es el que entonó antaño Job:

Sé que mi defensor está vivoy que él, el último, sobre el polvo se alzará;

y luego, de mi piel de nuevo revestido,

desde mi carne a Dios tengo que ver.

Aquel a quien veré ha de ser mío,

no a un extraño contemplarán mis ojos;

¡y en mi interior se consumen mis entrañas...! (Job 19.25-27).

S. Spinsanti

BIBL.--Actas de los mártires, Ed. Católica, Madrid 1974.—Arnáiz, E. Pléyade, Perpetuo Socorro, Madrid 1981.—Balthasar, H. U. von. Seriedad con las cosas, Sígueme, Salamanca 1968.—Bataillon, M. Saint-Lu, A, El padre Las Casas y la defensa de los indios, Ariel, Barcelona 1976.—Bethge, E, Dietrich Bonhoeffer. Teólogo, cristiano, hombre actual, Mensajero, Bilbao 1970.—Blas, C. de, Tarancón, obispo y mártir, Naranco, Oviedo 1976.—Boff, L. Testigos de Dios en el corazón del mundo, Inst. Teol. de Vida Religiosa, Madrid 1978.—Casaldáliga, P, La muerte que da sentido a mi credo: Diario 1975-1977, Desclée, Bilbao 1977.—Dabais, J, Les martyrologues du moyen áge latin, Brepols. Touruhout 1978.—Gerbeau, H, Martin Luther King, Atenas, Madrid 1979.—Lassier, S, Gandhi y la no-violencia, Paulinas, Madrid 1976.—López Vigil, M, Don Lito del Salvador. Proceso de una fe martirial, Sal Terrae, Santander 1982.—Martínez Núñez, E, Historia de la revolución mexicana. Los mártires de San Juan de Ulua, México 1962.—Montero, A, Historia de la persecución religiosa en España, Ed. Católica, Madrid 1961.—Raguer. H. La espada y la cruz: la Iglesia 1936-1939, Bruguera, Barcelona 1977.—Six, F. X, Charles de Foucauld, Herder, Barcelona 1962.—Sobrino, J, Mons. Romero, verdadero profeta, Desclée, Bilbao 1981.—Véase bibl. de Modelos espirituales.

 

Historia y teología del martirio. Parte I

Artículo tomado de la Biblioteca Católica Digital del sitio web www.mercaba.org



SUMARIO: I. Historia y teología del martirio: 1. El término "mártir": 2. El concepto de martirio: 3. El número de mártires; 4. Teología del martirio; 5. El culto a los mártires; 6. El martirio fuera de la Iglesia católica - II. Espiritualidad del martirio en la actualidad.

Historia y teología del martirio

 
1. EL TÉRMINO "MÁRTIR" - El término "mártir" se deriva del griego "martys", que en la lengua profana significa "testigo". Pero en la terminología teológica este mismo término, ya desde el s. II-III, designa a una persona que ha dado testimonio en favor de Cristo y de su doctrina con el sacrificio de su vida. Surge entonces el problema de cómo, en un tiempo relativamente breve, el término "mártir" adquirió este significado tan especial. En efecto, en el Nuevo Testamento esta palabra aparece con frecuencia en el sentido ordinario de testigo (Mc 14,63; He 6,13; etc.); pero designa, sobre todo, a un tipo particular de testigos, o sea a los apóstoles, que pueden testimoniar por experiencia propia la vida, la muerte y, especial-mente. la resurrección de Jesús (cf He 1,22; Lc 24,48; He 1,8; 2,32; 10,39. 41; 26,16; 1 Cor 14,15, etc). Así pues, los apóstoles son los testigos autorizados y, por así decir, oficiales de la misión y de la resurrección de Cristo, sin que el término mismo suponga que dieran testimonio de Cristo incluso con el sacrificio de sus vidas.

Sin embargo, hay textos en los que el término "martys" y sus derivados se acercan bastante a este último significado. Así se ve, por ejemplo, en el texto de Mc 13,9: "Os entregarán a los tribunales, seréis azotados en las sinagogas y compareceréis ante los gobernadores y los reyes por causa mía, en testimonio (martyrion) para ellos". Además, en otros textos el término "martys" es utilizado para designar a ciertas personas que, efectivamente, han atestiguado en favor de Cristo con el sacrificio de sus vidas. Por ejemplo, He 22,20, donde se habla de "la sangre de Esteban tu testigo (martyros)", o Ap 2,13, donde se habla de Antipas llamándolo "mi fiel testigo (martys), que fue muerto entre vosotros". En estos y en otros textos semejantes (Ap 11,3; 11,7; 17,6, etc.) no está del todo claro si el término "martys" es usado formalmente para indicar que los testigos en cuestión derramaron su sangre por Cristo o si es empleado en el sentido mucho más genérico de testigo. Por tanto, hay que concluir que el Nuevo Testamento no ofrece ningún ejemplo claro en donde el término "martys" se utilice en el sentido más restrictivo que tendría luego a partir del s. II-III.

Especialmente en nuestro siglo, los eruditos han intentado explicar cómo en un tiempo relativamente breve la palabra "martys" adquirió exclusivamente el significado técnico de "mártir". Con este objeto se han realizado varios intentos para descubrir un vínculo interno entre el concepto de "testigo" y el de "mártir", recurriendo al helenismo y especialmente a la filosofía estoica, o bien a las categorías de pensamiento presentes en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Estos intentos no han aportado una solución definitiva del problema, aunque han arrojado algunos elementos ciertamente importantes. Nos referimos al hecho de que, ya en el helenismo, la palabra "martys" y sus derivados no se utilizaron únicamente para designar un testimonio verbal, sino también el testimonio dado con la acción y con toda la vida (el caso de Epicteto). También es importante el hecho de que el término "testigo de Dios" (martys tou theou) se empleara en la teología hebrea para designar a los profetas, o sea a los testigos privilegiados de Dios, muchos de los cuales atestiguaron no sólo con sus palabras, sino también con el ejemplo de su vida y hasta con sus sufrimientos y la muerte.

Por lo que se refiere a los intentos de establecer una conexión interna entre el término "testigo" y el de "mártir" a partir del Nuevo Testamento, merecen una particular consideración las siguientes sugerencias:

Los mártires tuvieron una oportunidad privilegiada de atestiguar su fe en los interrogatorios que ordinariamente precedían a la condena a muerte.

El mártir es testigo de Cristo no sólo con su confesión de fe. sino también con su vida y con su muerte, imitando así la obra y la muerte salvífica del Redentor. Es, por tanto, un testigo por excelencia.

El testimonio de los mártires no es sólo una rnanifestación humana, sino un testimonie del mismo Espíritu Santo, y, por tanto, sumamente precioso (cf Mt 10,19-20).

Psicológicamente hablando, el testimonio del martirio adquiere una eficacia particular debido a que la profesión oral queda confirmada con la vida y sobre todo con la muerte. Aunque todas estas consideraciones tienen su valor, cabe dudar, sin embargo, de si pueden, en conjunto, explicar el hecho de que el término "martys" adquiriera en un tiempo tan breve el significado exclusivo de "mártir". Como ha observado H. Delehaye refiriéndose a estas discusiones, la lengua no se desarrolla según una lógica interna y puede suceder que un término pierda su significado primitivo y adquiera otrodistinto debido a una serie de factores y circunstancias. Por tanto, se puede preguntar si no es posible que el término "martys" = "testigo" adquiriera el significado de mártir precisamente cuando el martirio fue un hecho frecuente en la vida de la Iglesia y cuando el testimonio por excelencia en favor de Cristo y de su doctrina fue dado de la forma más evidente por quienes eran sacrificados por su fe en él.

Por otra parte, este desarrollo pudo acelerarse ulteriormente por el hecho de que en las luchas contra el docetismo. que negaba la realidad del cuerpo de Cristo y, por tanto, la realidad de su pasión y de su muerte, el testimonio que los mártires habían dado precisamente con su muerte fue considerado como una prueba particularmente preciosa y convincente contra semejantes teorías.

De todas formas, aunque el problema de la terminología sigue siendo todavía un tanto enigmático y quizá no pueda nunca resolverse definitivamente, el hecho es que a partir de la mitad del s. II el término "martys" posee ya frecuentemente el significado actual de mártir, que pronto pasará a ser el único. La historia de este rápido desarrollo puede seguirse ante todo a través del estudio de la terminología empleada en la primera carta de Clemente Romano a los corintios. en las actas del martirio de Policarpo y en los escritos de Ireneo, Clemente de Alejandría y Orígenes, y, en lo que se refiere a la literatura latina. en las obras de Tertuliano y de Lactancio.

Con el correr de los años se hace una última clarificación respecto al significado del término "mártir", que se convierte ya en la acepción ordinaria del s. N; consiste en la distinción entre los que habían sufrido por su fe (confessores fidei) y los que habían sacrificado su vida por ella; solamente estos últimos eran designados con el término de "mártires".

2. El. CONCEPTO DE MARTIRIO - Si es complicada la historia del término "martys", resulta clara, por el contrario, la realidad que designa: la muerte de un cristiano sufrida por su fe. Se puede tratar de la fe en toda la revelación, o bien en una parte de ella, a saber: en un dogma particular. Se puede y se debe hablar también de martirio cuando el cristiano, por causa de su fe, se ha negado a faltar a un mandamiento (por ejemplo, contra la justicia o contra la castidad).

Mientras que en el cristiano es decisivo que, por amor de Dios y consciente de las consecuencias a las que ha de enfrentarse, no quiera hacer nada que vaya contra su fe, en el que inflige la muerte no es necesario que actúe directa v formalmente por odio contra Dios, contra la persona de Cristo, su doctrina o su Iglesia. Basta con que, por motivos ideológicos o por otros cualesquiera. pretenda forzar al cristiano a cometer actos que éste no puede realizar sin pecar.

Por tanto, si en este contexto se habla de odium fidei por parte del que mata al cristiano, se entiende con esta expresión la actitud de hostilidad contra el cristianismo, porque éste impide la consecución del fin que pretende el perseguidor.


Todos los elementos señalados se encuentran con especial claridad en las relaciones de los martirios antiguos, como, por ejemplo, en la copia de las actas proconsulares de los mártires escilitanos, que nos informan del procedimiento jurídico instruido contra ellos el 17 de julio del año 180. La acusación formulada por el procónsul Saturnino se refiere al hecho de que los cristianos en cuestión se habían negado a vivir según la costumbre romana y a tributar al emperador ciertos honores que, a su juicio, estaban formalmente en contra de su fe monoteísta. Por este motivo se les conmina a que abandonen su fe, y cuando se niegan a ello son condenados a la decapitación: "Entonces el procónsul Saturnino tomó sus tablillas y leyó la sentencia: `Esperata, Narzalo, Cittino, Donata, Vestia, Secunda y otros han confesado que quieren vivir a la manera de los cristianos, y como, a pesar de nuestro ofrecimiento de que pueden volver a vivir según las costumbres de los romanos, se han obstinado en su decisión, por eso los condenamos a morir por la espada..., inmediatamente después fueron conducidos al lugar del martirio, donde se arrodillaron y rezaron todos juntos. Luego, se les cortó la cabeza uno tras otro".

Sin embargo, no resulta siempre fácil descubrir todos los elementos de un martirio. Con frecuencia, y especialmente en nuestros días, los cristianos que no quieren ceder a las pretensiones de un dictador no son perseguidos oficialmente por ser cristianos, sino que se los acusa de crímenes comunes y, sobretodo, son condenados como traidores o perturbadores del orden público. Además, muchas veces no se instruye un proceso ordinario, sino que se los elimina ocultamente. También puede ocurrir que no se les dé muerte directamente, sino que —como ya sucedía en la antigüedad con quienes eran condenados a trabajos forzados en las minas (damnati ad metalla)— se les ponga en condiciones tales que lleguen a morir por causa de las privaciones y trabajos que han de soportar.

Ni hemos de olvidar que en la actualidad existen medios y posibilidades de destruir la personalidad de un hombre sin quitarle la vida física. Finalmente, a menudo resulta más difícil discernir el martirio, porque regularmente no se les ofrece a los cristianos una opción entre la apostasía y la muerte, sino que simplemente se les mata por demostrar con su vida una fe tan firme y profunda que el perseguidor no puede concebir esperanzas de que renuncien a ella.

Estas formas de martirio, que muchas veces no pueden ser reconocidas oficialmente como tales, plantean problemas especiales, como, por ejemplo, el de determinar en qué sentido la voluntad habitual de vivir el cristianismo incluso ante las amenazas de muerte, o el deseo del martirio, pueden ser considerados sustitutivos de la decisión de quienes —como los mártires escilitanos- son puestos explícitamente ante la opción entre la apostasía y la muerte. En las siguientes reflexiones tendremos también presentes estos casos, aunque sin entrar en las explicaciones ulteriores que de suyo exigirían.

3. EL NÚMERO DE MÁRTIRES - Por los motivos que acabamos de exponer resulta lógicamente imposible señalar con precisión el número de mártires; esta dificultad se agrava aún más por el hecho de que no tenemos ninguna certeza de que en la antigüedad se hicieran relaciones completas de todos los mártires y de que todas las relaciones eventualmente redactadas hayan llegado hasta nosotros.

Además, en los relatos que nos han llegado se encuentran muchas veces indicaciones vagas, como, por ejemplo, la afirmación de que, en una circunstancia determinada, el número de mártires era "enorme".

Por otra parte, se sabe con certeza que sólo en las persecuciones romanas murieron por su fe varios millares de cristianos (las opiniones de los especialistas sobre el tema varían notablemente y van de un mínimo de 10.000 a un máximo de cerca de 100.000). También sabemos que la evangelización de los paises de Europa costó la vida a no pocos cristianos y que lo mismo hay que decir respecto a los comienzos de la propagación de la fe en casi todas las tierras de misión. Además, tanto en el periodo de la reforma como en el de la revolución francesa, y más aún bajo las dictaduras de nuestro siglo, fueron muchísimos los que testimoniaron con su sangre su fidelidad a Cristo y a la Iglesia, aunque resulta difícil señalar su número. Un cálculo prudencial nos permite decir que, desde la fundación de la Iglesia hasta hoy, los cristianos que han sufrido el martirio en todas las partes del mundo suman por lo menos varios cientos de miles.

Este hecho sugiere ya por sí solo que un fenómeno tan frecuente y constante no puede ser meramente casual, sino que debe existir una conexión interna entre la vida de la Iglesia y el martirio. Por consiguiente, no hemos de extrañarnos de que el Vat. II haya afirmado que algunos cristianos "serán siempre llamados a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores" (LG 42), basando esta enseñanza no ya en un cálculo de probabilidades, sino en la verdad teológica de que el martirio forma parte integrande de la vida de la Iglesia.

4. TEOLOGÍA DEL MARTIRIO - La teología del martirio está enteramente basada en la muerte de Cristo y en su significado. En efecto, Cristo es el prototipo de los mártires: "Teniendo la naturaleza gloriosa de Dios, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y en su condición de hombre se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Flp 2,6-8).

Cristo es el siervo doliente de Yahvé anunciado por Isaías (Is 52,13-15; 53), que tiene que sufrir y morir para justificar a la muchedumbre (Is 53,11), que vino a dar su vida en rescate por muchos (cf Mt 20,28).
La salvación del mundo tiene que realizarse a través del sufrimiento y la muerte del testigo del Padre (Mt 16.21 y par.; 26,54.56; Lc 17,25; 22,37: 24,7.26.44), ya que sin el derramamiento de sangre no hay perdón (Heb 9,22). El Señor "vino a los suyos y los suyos no lo recibieron" (Jn 1,11), pero él "los amó hasta el fin" (Jn 13,1); fue entregado (cf Jn 18,2), condenado a muerte (cf (Jn 19,7s) y crucificado (Jn 19,18). De este modo consumó el sacrificio del amor (Jn 19.30), a fin de que tuviéramos la vida (cf Jn 10,10).

Realmente, la muerte sacrificial de Cristo es el tema central de todo el NT y es elaborado por cada uno de los autores según su propia personalidad y el fin específico de su escrito. Se hace referencia explícita a esa muerte, o por lo menos se la presupone tácitamente, siempre que se trata de la persona, de la vida y de la obra de Cristo y cuando se propone una enseñanza relacionada con cuestiones tan fundamentales como la voluntad salvífica de Dios y la historia de la salvación, la encarnación y la redención, la fundación de la Iglesia, su naturaleza y su misión, los sacramentos (de manera especial el bautismo y la eucaristía) y, naturalmente, el sufrimiento, la muerte y la resurrección y demás verdades relativas a los novísimos y a la dimensión escatológica de nuestra existencia.

Precisamente porque la muerte salvifica de Cristo en la cruz es de una importancia tan fundamental se comprende fácilmente por qué ha habido siempre mártires en la Iglesia y por qué —como lo confirma el Vat. II— los seguirá habiendo.

En efecto, Cristo exhortó repetidas veces a los fieles a tomar su cruz y a seguirlo por el camino real de su pasión: "El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí; el que encuentre su vida la perderá, y el que la pierda por ml la encontrará" (Mt 10,38-39 par.). Y también: "En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la pierde y el que odia su vida en este mundo la conservará en la vida eterna. Si alguno se pone a mi servicio, que me siga, y donde esté yo allí estará también mi servidor" (Jn 12,24-26).

Estas y parecidas palabras del Señor nos revelan claramente la necesidad del sacrificio y la mortificación en la vida de todos los fieles, que fueron iniciados en la vida cristiana al ser bautizados en la muerte de Jesús (cf Rom 6,3s). Pero, al mismo tiempo, la comprensión de lo que supone esta inserción en Cristo hace evidente que todos los cristianos, en virtud de su bautismo, tienen que estar siempre dispuestos a morir por Cristo y que, por tanto, el asociarse a él en la entrega de sí mismos hasta la muerte es el modo más noble de seguirlo.

En efecto, "así como Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su vida por nosotros, nadie tiene un mayor amor que el que ofrece la vida por él y por sus hermanos (cf 1 Jn 3,16; Jn 15,13)" (LG 42). Pero —y esto es de capital importancia para una comprensión teológica de la realidad que estamos considerando— el martirio "en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor" (LG 42).

El martirio y la vocación martirial no son el fruto de un esfuerzo y deliberación humana, sino la respuesta a una iniciativa y llamada de Dios, que invitando a ese testimonio de amor, plasma el ser de la persona llamada, confiriéndole la capacidad de vivir esa disposición de amor.

Pues bien, precisamente en virtud de la unión que Cristo establece gratuitamente con los hombres, haciéndolos partícipes de su vida y, por tanto, de su caridad, convirtiéndolos en miembros de su cuerpo que es la Iglesia y distribuyendo a cada uno según el beneplácito de su voluntad la medida de la gracia, Cristo mismo sigue viviendo —en algunas personas escogidas por él y que corresponden libremente a su Espíritu—los diversos aspectos de su vida y de su actividad redentora, y especialmente esta suprema prueba de amor. Precisamente por esta unión vital entre Cristo y los mártires, miembros de su cuerpo, es el mismo Cristo el que mediante su Espíritu habla y actúa en ellos: "Cuando os entreguen, no os angustiéis sobre cómo habéis de hablar o qué habéis de decir, porque se os dará en aquel momento lo que debéis decir. Pues no sois vosotros los que habláis, es el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros" (Mt 10,19-20).

Y en virtud precisamente de esta misma unión, las persecuciones no faltarán nunca a la Iglesia (ef LG 42): "Bienaventurados seréis cuando os injurien y Persigan... Alegraos y regocijaos, pues también persiguieron a los profetas antes que a vosotros" (Mt 5,11-12; cf Le6,22-23). "El discípulo no está sobre el maestro, ni el siervo sobre su señor. Al discípulo le basta ser como su maestro y al siervo como su señor" (Mt 10,24-25; cf Lc 6,40). "Si a mí me persiguieron, también os perseguirán a vosotros" (Jn 15,20). Es la vida de Cristo que continúa en su Iglesia.

Así pues, el martirio resulta posible ante todo por la gracia del Señor, cuya fuerza se manifiesta plenamente en la debilidad (cf 2 Cor 12,9), y esto explica el ánimo y la perseverancia sobrehumanos que manifestaron tantos mártires. Esta verdad fue ya comprendida en los primeros tiempos del cristianismo, como se deduce no sólo de las actas de los mártires, sino también de la orden de no buscar el martirio o exponerse imprudentemente a él, sino dejar a Dios toda la iniciativa, ya que sólo él puede dar la fuerza necesaria para enfrentarse con la prueba.

En esta misma perspectiva, los padres de la Iglesia nos invitan a ver en las pasiones de los mártires otras tantas fases de la guerra entre Cristo y las potencias del mal y a contemplar llenos de admiración las batallas que el Señor sostiene en las personas de sus fieles soldados (cf san Agustín, Sereno 113, II, 2, PL 38, 1423).

Sin embargo, el hecho de que el martirio sea un don y una gracia de Dios no significa que queden suprimidas o disminuidas por la gracia la personalidad humana del mártir y su más preciosa prerrogativa, que es la libertad. Al contrario, según los principios generales que gobiernan la vida del cuerpo místico de Cristo, las posibilidades de la libertad humana y del amor espontáneo quedan enriquecidas y ennoblecidas eminentemente por la gracia; precisamente en el martirio la persona humana realiza bajo el impulso de la gracia su más auténtica posibilidad de libertad y de amor, puesto que en un acto único omnicomprensivo e irrevocable le da a Dios toda su existencia terrena y, en un acto supremo de fe, esperanza y caridad, se abandona radical y totalmente en manos de su creador y redentor.

La grandeza única de esta entrega completa de sí mismo se hace aún más patente si se considera que el mártir no sólo se enfrenta libremente con la experiencia trágica y tremenda de la muerte que él, con una palabra o un solo gesto, podría fácilmente posponer y despojar de los elementos de violencia dolorosa inherentes al martirio, sino también, y sobre todo, que él acepta en todo su corazón gozosamente esa muerte como un medio eminente de asociarse absoluta y radicalmente a la muerte sacrificial de Cristo en la cruz. San Pablo alude a esta verdad cuando nos amonesta sobre el carácter preliminar de nuestro compromiso cristiano mientras no hayamos resistido hasta derramar sangre en nuestra lucha contra el pecado (cf Heb 12,4); y, a su vez, nuestro Señor subraya la grandeza del amor heroico de los mártires cuando, refiriéndose directamente a su muerte, afirma: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos" (Jn 15,13).

Al ser el martirio el acto más grande de amor, constituye el camino más noble hacia la santidad. En efecto, al seguir a Cristo hasta el sacrificio voluntario de la vida, el mártir, más que cualquier otra persona, queda consagrado y unido al Verbo encarnado, transformándose en la imagen de su Maestro.

A la luz de estas consideraciones, se comprende fácilmente por qué la Iglesia, ya en un tiempo en el que todavía no se había desarrollado la reflexión teológica, reconoció el insuperable valor meritorio del martirio y sus efectos típicos de justificación y de santificación. Ya desde los primeros tiempos de la era cristiana se creyó comúnmente que los catecúmenos que sufrían el martirio antes de ser bautizados en el agua habían quedado eficazmente bautizados en su propia sangre, derramada por Cristo y por su reino (bautismo de sangre).

En este mismo sentido hay que interpretar el hecho de que hasta aquellos teólogos de los primeros tiempos que no habían comprendido aún con claridad que todos los hombres son juzgados por Dios en el momento de su muerte y reciben ya entonces su retribución, admitían, sin embargo, que el mártir era liberado inmediatamente de todo efecto del pecado y admitido en seguida en la visión beatífica de la Santísima Trinidad.

Finalmente, siempre ha sido creencia común que nadie está más cerca de Dios y participa más íntimamente de la gloria de Cristo resucitado que aquellos que murieron por él, con él y en él.

La teología sistemática desarrollada por los grandes escolásticos y los teólogos modernos ha profundizado en la teología del martirio, recurriendo sobre todo a la teología de las virtudes infusas, teologales y cardinales. En primer lugar, ha puesto de relieve que el martirio presupone una fe profunda en Dios, esto es, no sólo aceptación intelectual de su existencia y revelación, sino una fe viva, una adhesión personal, que compromete toda la existencia del hombre. Basado en ella, el mártir pone toda su esperanza en Dios y deja confiadamente en sus manos cuanto le es más querido. Es evidente que estas actitudes no pueden subsistir si no están inspiradas y sostenidas por un intenso amor a Dios, amado por sí mismo y sobre todas las cosas, y que este amor, como todo acto auténtico de caridad, no abraza solamente a Dios, sino que se extiende también a todo lo que es suyo y, por tanto, implica también el amor a la Iglesia y a toda la humanidad.

Pero en el martirio se ejercen, además, todas las virtudes cardinales. La opción dramática que el mártir tiene que hacer entre Dios y la vida terrena es realmente una opción prudente, ya que se inspira en una sabia ponderación de los valores. Al mismo tiempo, atribuye a Dios todo lo que le es debido, por lo cual es sumamente justa. Es un triunfo del espíritu sobre la debilidad de la carne y, por tanto, una sublime manifestación de la virtud de la templanza. Y es la demostración de un fortaleza heroica. ya que se oponen a ella todas las tendencias del hombre a conservar su propia vida.

 Además, en el martirio el hombre experimenta y acepta humildemente su total impotencia y la necesidad absoluta de estar sostenido por la gracia; obedece hasta el fondo a la voluntad de Dios y se deja libremente privar de todo lo que poseía en la tierra, participando así de la extrema pobreza de Cristo en la cruz.

Finalmente, el amor del mártir es un amor "casto". En su entrega total a Dios ama al Señor de la forma más pura e inmensa posible, con un corazón entero y como lo único necesario. Esta consideración, más que cualquier otra, nos introduce en el misterio de amor vivido por el mártir, y al mismo tiempo nos hace vislumbrar la belleza recóndita de su heroísmo. No es una casualidad que ya en los primeros tiempos de la Iglesia se intuyera la existencia de un vinculo muy íntimo entre el amor típico del mártir y el amor virginal, y que la excelencia de la virginidad se explicara afirmando que lleva consigo un martirio incruento.

La teología del cuerpo místico de Cristo y la de la caridad teologal nos hacen igualmente comprender las dimensiones sociales y eclesiales del martirio. Si todo acto bueno realizado por un miembro del cuerpo místico redunda en beneficio del último, esto vale sobre todo para el martirio, acto supremo de caridad. En efecto, el martirio es el acto privilegiado en el que Cristo revive su pasión salvífica y su muerte por la Iglesia. Los sufrimientos del mártir son entonces, en un sentido verdadero, los sufrimientos mismos de Cristo padecidos por él no ya en su naturaleza humana concreta, asumida hipostáticamente por la persona del Verbo, sino en las personas humanas incorporadas a su humanidad y que viven de su vida. En este sentido, el mártir completa en su carne, más que cualquier otro fiel, "lo que falta a las tribulaciones de Cristo" (Col 1,24), y de esta forma coopera eminentemente en la obra salvífica de nuestro Redentor.

Esto no quiere decir, como es lógico, que el martirio añada algo a los méritos de Cristo, que son infinitos por su misma naturaleza; pero el hecho mismo de que el mártir quede tan íntimamente conformado con Cristo contribuye a la mayor santificación de todo el pueblo de Dios y favorece, por tanto, la aplicación de los méritos del Redentor. "Aunque nuestro Salvador, por medio de crueles sufrimientos y de una acerba muerte, mereció para su Iglesia un tesoro infinito de gracias, sin embargo. estas gracias, por disposición de la divina Providencia, no se nos conceden de una vez; y la mayor o menor abundancia de las mismas depende también no poco de nuestras buenas obras, con las que se atrae sobre las almas de los hombres esta verdadera lluvia divina de dones celestiales gratuitamente dados por Dios" (encíclica Mystici Corporis: AAS 35 [1943] 245).

La historia de la Iglesia naciente y de las misiones confirma la extraordinaria fertilidad apostólica del martirio y demuestra la verdad de aquella exclamación de Tertuliano: "Cada vez que nos matan nos hacemos más numerosos; la sangre de los cristianos es una semilla" (Apologeticus, 50: PL 1,534).

Otra función eclesial importante del martirio consiste en su valor de signo. El hecho de que una persona esté dispuesta a sacrificar su vida por su fe depone fuertemente en favor de la seriedad de sus convicciones. Si, por otra parte, son muchos millares de personas serias y sobrias, de toda edad y condición, las que arrostran libre y animosamente la muerte por su religión, ello constituye un importante signo apologético, que no sólo atestigua la santidad de la comunidad religiosa en cuestión, sino también el valor intrínseco de la religión misma y de su credibilidad.

El martirio es, además, un signo escatológico, por ser una muestra particularmente convincente de que los seguidores de Cristo crucificado y gloriosamente resucitado no tienen "aquí abajo una ciudad estable", sino que buscan y deben buscar la futura (cf Heb 13,14).

Finalmente, el martirio demuestra a todos los hombres la fuerza victoriosa de Cristo, que superó la muerte, y el poder eminente del Espíritu, que anima y sostiene a su cuerpo místico, la Iglesia, en la lucha contra las potencias de las tinieblas v del mal.

5. EL CULTO A LOS MÁRTIRES - La eminente santidad de los mártires fue reconocida ya por los primeros cristianos. Precisamente la convicción, por parte de los fieles, de la unión íntima de Cristo y de los mártires fue lo que indujo a los cristianos perseguidos a invocarlos para que orasen por ellos e intercediesen ante Dios a fin de obtener la gracia de imitarlos en la profesión íntegra e inconcusa de la fe.

La certeza de la vida eterna en Cristo que los mártires habían adquirido con los sufrimientos admirablemente soportados. el saber que eran santos y perfectos por haber dado la mayor prueba de amor al dar su vida por Cristo, el reconocerlos como amigos del Señor y al mismo tiempo cercanos a los que todavía estaban en la tierra, el creer por lo mismo en su poder de intercesión, constituyó el fundamento y el alma del culto a los santos, tal como surgió y se desarrolló en el seno de la Iglesia primitiva. Estos principios son los que nos ofrecen la explicación de las celebraciones en los sepulcros de los mártires (conmemoradas anualmente y no. como entre los paganos, el día del nacimiento temporal del difunto, sino en el aniversario del martirio, o sea el día del nacimiento celestial del cristiano; celebraciones que por este mismo motivo tenían un carácter de fiesta y no de luto), de la introducción cada vez más extendida de su recuerdo en el sacrificio eucarístico, de las plegarias e invocaciones dirigidas a ellos; en una palabra, de las diversas manifestaciones de culto auténtico, no sólo privado, sino también público, por estar reconocido, aceptado e incorporado por la misma Iglesia a su glorificación de Cristo y de Dios. Sólo a través de un proceso muy lento se extendió luego este culto a los llamados "confesores de la fe", o sea, a los que habían sufrido físicamente por Cristo, pero sin padecer la muerte; más tarde, a los que habían vivido en la virginidad, y, finalmente, a otras personas que se habían distinguido por el heroísmo de sus virtudes. Pero es significativo que en la historia de la Iglesia el culto reservado originalmente a los mártires se extendiera a los no mártires, y en primer lugar a las vírgenes, sólo en virtud de una argumentación teológica explícita, según la cual esta forma de vida se acerca, aunque sin alcanzarla, a la perfección del martirio. La verdad es que éste fue y será siempre considerado (cf LG 42) como la forma más alta y el modelo más sublime de la santidad cristiana.

6. EL MARTIRIO FUERA DE LA IGLESIA CATÓLICA - En el curso de la historia de la humanidad hasta nuestros días un número considerable de personas que no pertenecían a la Iglesia católica han muerto por sus convicciones religiosas en condiciones parecidas a aquellas en que murieron nuestros mártires. Como es obvio, su sacrificio merece toda nuestra estima y reverencia; pero, ¿puede decirse de ellos que son también verdaderos mártires?

La respuesta a esta pregunta depende esencialmente de cuanto hemos dicho, a saber: que según la doctrina católica, el martirio es, ante todo, un don de Dios y que solamente la gracia lo hace posible. Por consiguiente, hemos de distinguir varios casos. Consideremos, ante todo, el de una persona que ha muerto por defender una creencia que está formalmente en contra de lo que enseña la revelación divina; en este caso no se puede presumir que esa persona haya actuado bajo el impulso del Espíritu Santo. Por tanto, estaría fuera de lugar hablar entonces de martirio en el verdadero sentido de la palabra. Este mismo razonamiento hay que hacer respecto a aquellos cristianos no católicos que sufrieron la muerte por defender una doctrina o una práctica condenada por la Iglesia, ya que, por voluntad de Dios, "la Iglesia católica se halla enriquecida con toda la verdad revelada por Dios" (UR 4), y Dios no se contradice.

Si pasamos a considerar el caso de los cristianos separados que sellaron con su muerte su fe en Cristo, se impone una solución muy distinta. Mientras que en la antigüedad, sobre todo bajo la influencia de las luchas contra los montanistas y partiendo de las concepciones eclesiológicas de san Cipriano y de san Agustín, se les negaba generalmente el título de mártires, una interpretación más benévola del principio "extra ecclesiam nulla salus" ha abierto el camino a una solución más equilibrada y justa. Es interesante en este contexto el hecho de que Próspero Lambertini (Benedicto XIV, 1675-1758), al ocuparse de esta cuestión en su famoso tratado De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione (lib. 111, c. 20,3), enunciara el problema en los siguientes términos: "Si es verdaderamente mártir el que es invenciblemente hereje y muere por un artículo verdadero de fe", y luego, asociándose a la sentencia ya común en sus tiempos, respondiera que ese cristiano podía ser un mártir coram Deo, sed non coram ecclesia.

En nuestros días, la doctrina de que también entre los hermanos separados puede haber verdaderos mártires es oficialmente enseñada por el magisterio de la Iglesia. Mientras que Pío XII formuló esta convicción respecto a los mártires de las iglesias orientales (encíclica Sempiternus Rex, del 8 octubre 1951: AAS 43 [1951] 642-643, y encíclica Orientales Ecciesias, del 15 diciembre 1952: AAS 45 [1953] 5), el Vat. II, hablando de los hermanos separados en general, afirmó que "es necesario que los católicos reconozcan con gozo y aprecien los bienes verdaderamente cristianos, procedentes del patrimonio común, que se encuentran entre nuestros hermanos separados. Es justo y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las obras de virtud en la vida de otros que dan testimonio de Cristo, a veces hasta el derramamiento de su sangre: Dios es siempre maravilloso y digno de admiración en sus obras" (UR 4).

Hoy a algunos católicos les gustaría que la Iglesia procediera a la beatificación y canonización de estos mártires. Por motivos más que evidentes, ello no es todavía posible; además, es obvio que a la inmensa mayoría de los hermanos separados tampoco les gustaría esta iniciativa.

P. Molinari

ver continuación en:
II. Espiritualidad del martirio en la actualidad 

BIBL.--Actas de los mártires, Ed. Católica, Madrid 1974.—Arnáiz, E. Pléyade, Perpetuo Socorro, Madrid 1981.—Balthasar, H. U. von. Seriedad con las cosas, Sígueme, Salamanca 1968.—Bataillon, M. Saint-Lu, A, El padre Las Casas y la defensa de los indios, Ariel, Barcelona 1976.—Bethge, E, Dietrich Bonhoeffer. Teólogo, cristiano, hombre actual, Mensajero, Bilbao 1970.—Blas, C. de, Tarancón, obispo y mártir, Naranco, Oviedo 1976.—Boff, L. Testigos de Dios en el corazón del mundo, Inst. Teol. de Vida Religiosa, Madrid 1978.—Casaldáliga, P, La muerte que da sentido a mi credo: Diario 1975-1977, Desclée, Bilbao 1977.—Dabais, J, Les martyrologues du moyen áge latin, Brepols. Touruhout 1978.—Gerbeau, H, Martin Luther King, Atenas, Madrid 1979.—Lassier, S, Gandhi y la no-violencia, Paulinas, Madrid 1976.—López Vigil, M, Don Lito del Salvador. Proceso de una fe martirial, Sal Terrae, Santander 1982.—Martínez Núñez, E, Historia de la revolución mexicana. Los mártires de San Juan de Ulua, México 1962.—Montero, A, Historia de la persecución religiosa en España, Ed. Católica, Madrid 1961.—Raguer. H. La espada y la cruz: la Iglesia 1936-1939, Bruguera, Barcelona 1977.—Six, F. X, Charles de Foucauld, Herder, Barcelona 1962.—Sobrino, J, Mons. Romero, verdadero profeta, Desclée, Bilbao 1981.—Véase bibl. de Modelos espirituales.

 

Gratia Undécima Mille: El culto de las Once Mil Vírgenes en Colonia


Universidad de Florida | Journal of Undergraduate Research | Volumen 13, Número 1 | Otoño 2011



Eleanor O. H. Deumens
Colegio de Artes Liberales y Ciencias de la Universidad de Florida.

 El culto a las santas cristianas de”las Once Mil Vírgenes” es una parte importante de la historia y cultura de Colonia. En el siglo XII, varios eventos transformaron el culto: la leyenda de las vírgenes fue reescrita y publicada ampliamente como Regnante Domino, en segundo lugar, un enorme alijo de reliquias religiosas fue descubierto fuera de Colonia y, por último, la leyenda se cambió de nuevo por la mujer visionaria Elisabeth von Schönau. Debido a la estrecha relación entre el culto y la ciudad, estos acontecimientos cambiaron la identidad de Colonia. Esta ciudad era ya un importante centro económico y político, llegando a ser conocida como “la ciudad protegida por un ejército de santas” y como un lugar de peregrinación y fuente de reliquias que rivalizaban con la propia Roma.

"Por la gran virtud y majestad del martirio de las celestes

vírgenes, que de ese modo le instaban inminentes, Clematio,

varón clarísimo, viniendo de oriente para llevar a cabo el voto

prometido, volvió a construir desde los cimientos, en el mismo

lugar y con sus propios medios, esta basílica."(1).

Así reza la inscripción en latín en la pared sur de la Iglesia de Santa Úrsula en Colonia. Con fecha como el siglo cuarto o menos, esta inscripción es la evidencia más antigua sobreviviente del culto de las Once Mil Vírgenes, las cuales se convirtieron en santas muy importantes para el pueblo de Colonia, en calidad de patronas espirituales y protectoras para la ciudad.

En la sociedad cristiana medieval, la veneración de un santo en particular por una comunidad, familia o persona era cosa común. Tales cultos de los santos estaban basados en la creencia en una relación recíproca entre la persona en la tierra y el santo en el cielo: a cambio de la devoción y la oración, el santo concedía milagros. A menudo había una conexión física con el santo en forma de un hueso, un poco de pelo, o una prenda de ese santo. Esta reliquia canalizaba el poder del santo, y se creía que el santo residía efectivamente en el interior del objeto. Otro aspecto importante del culto a los santos fue la vita del santo o passio, un relato de la vida y de la muerte del santo. Esta historia legendaria fue la voz del culto, contándole al mundo de la gran santidad del santo y confiriendo honor a las personas y lugares relacionados con el santo. Por otra parte, un individuo o una comunidad a menudo vinculaban su identidad a la de su santo patrón (2). La relación del papado con San Pedro es un ejemplo destacado de esto. En el caso de las Once Mil Vírgenes y Colonia, la ciudad creó y manifestó una identidad única a través de su relación con este específico culto a las santas.

Este artículo explora la relación entre la ciudad y el culto a las santas mediante el análisis de tres eventos de transformación en el culto de las Once Mil Vírgenes durante el siglo XII. El primer evento fue la publicación del Regnante Domino, que infundió la leyenda de Úrsula con un sentido de aventura y grandeza para que coincida con el creciente poder y el prestigio de Colonia. En segundo lugar, se descubrió un cementerio a las afueras de la ciudad, que fue identificado como la tumba de las Once Mil Vírgenes, proporcionando a Colonia un tesoro escondido de reliquias religiosas. Por último, la leyenda fue enmendada por una monja visionaria llamada Elisabeth von Schönau, quien presentó las Once Mil Vírgenes, como un modelo de la sociedad cristiana ideal. Cada uno de estos acontecimientos se produjo a causa de las amplias influencias sociales, culturales, religiosos, económicas o políticas, y cada una tenía un impacto en la identidad de Colonia como una rica comunidad urbana y un centro cristiano igual a Roma o Jerusalén.

Colonia ha sido importante tanto política como económicamente desde la época del imperio romano (3). Durante los siglos X y XI, Colonia "se convirtió en la principal ciudad comercial en Alemania"(4). La ciudad tenía una fuerte industria textil y metalúrgica, una casa de moneda que producía la moneda más estable de la región, y una clase comerciante rica y poderosa (5). También en ese tiempo, el emperador del Sacro Imperio, cuyo imperio abarcaba lo que hoy es Alemania, Austria e Italia, otorgó al arzobispo de Colonia, un gran territorio para ser administrado como feudo. Además, el arzobispo llegó a ser uno de los siete príncipes electores que elegían al gobernante del Sacro Imperio Romano (6).

Teniendo en cuenta la creciente riqueza e influencia de Colonia, no es de extrañar que las santas patronas de la ciudad, las Once Mil Vírgenes, también hayan sido concebidas en el siglo XII en una escala mayor que nunca antes. Alrededor de 1100, una nueva versión ampliada de la leyenda, conocida hoy en día como Regnante Domino, fue publicada por un monje anónimo (7). Este relato de la “passio” cuenta la historia de una bella princesa cristiana de Gran Bretaña llamada Úrsula. Devota de Cristo desde su niñez, ella pacta para retrasar su matrimonio con un príncipe pagano hasta que se haya completado una peregrinación a Roma y su prometido se haya bautizado como cristiano. A Úrsula le dan once compañeras vírgenes, cada una con mil vírgenes en su comitiva, que la acompañarán en su viaje sagrado. En su camino de regreso a casa desde Roma, sin embargo, Úrsula y su compañía se detuvieron en Colonia, que estaba sitiada por los hunos. Antes de que pudieran escapar, los hunos asesinan casi toda la compañía. El líder de los hunos detiene la masacre tan pronto ve a Úrsula, impresionado por su belleza y nobleza. Le pide que se case con él, y cuando ella lo rechaza, ya que no quiere abandonar su compromiso con Cristo, él le dispara con una flecha y mata a sus compañeras sobrevivientes. El martirio de las vírgenes abrió el camino para un milagro: Dios envió una visión temerosa a los hunos en donde "líneas de batalla de soldados armados los perseguían a ellos", llevándolos lejos (8). Así que las vírgenes, a través de su sacrificio, fueron cruciales para la salvación de Colonia. La gente del pueblo pagó esta deuda venerando a las vírgenes partir de ese momento, dando así nacimiento al culto de las Once Mil Vírgenes de Colonia.

La Regnante Domino se lee más como una historia de aventuras o un poema épico en lugar de la pasión de un mártir heroico en particular. Úrsula es diferente de otros santos cristianos debido a sus compañeras: actúan como una unidad cohesiva, una comunidad de mártires, y un ejército de soldados para Cristo. El autor anónimo es capaz de evocar deliberadamente las imágenes y el idealismo de la exitosa Primera Cruzada (1095-1099) mediante describir a las vírgenes como "la tropa de solteras", "un ejército virgen" y "las más fieles camaradas de armas” (9). El paralelo con las Cruzadas se enfatiza aún más por el lenguaje de la opulencia y grandeza que el autor utiliza para describir las vírgenes. Al emprender su viaje, la princesa y su séquito de "aparentemente innumerable doncellas" están equipadas en "esplendor real", y los buques construidos para llevar a cabo su peregrinación eran "suntuosamente" decorados con "oro, plata y bronce” (10). Este tema de la opulencia recuerda las grandes riquezas que los cruzados obtuvieron en el saqueo de la Tierra Santa, pero en lugar de la riqueza terrenal, el martirio de las vírgenes es el" tesoro incomparable "ganado al final de la historia. (11). Los cristianos medievales valoraban el ganar un lugar en el cielo por encima de todo, y el martirio fue considerado como el camino más seguro a la compañía de los bienaventurados. Las reliquias o el cuerpo de un mártir, porque crea un vínculo directo con esa compañía en el cielo, también eran extremadamente valiosas (12). En la Regnante Domino, las imágenes de las joyas y las flores se utilizan para expresar la preciosidad del sacrificio de las vírgenes. Úrsula se describe como "una perla celestial. . . purificada por la púrpura real de su propia sangre "y como un" jarrón de flores maravilloso del Señor. . . [Brillando] blanquecino con los lirios de la virginidad"(13). Colonia, salvada por el sacrificio de las mártires, es todavía mucho más bienaventurada porque ha recibido el tesoro de miles de santas patronas.

En la Regnante Domino no sólo se refleja la grandeza y el prestigio de la política y económicamente poderosa Colonia, sino también la influencia en la identidad de Colonia como un centro religioso. A través de la construcción consciente de paralelismos con las Cruzadas, la Regnante Domino retrata
a Colonia como la Jerusalén alemana, el destino de un ejército de peregrinas que fueron martirizados en defensa de la ciudad cristiana contra la horda bárbara. Parece que el mundo estaba dispuesto a reconocer la preeminencia de Colonia. Por ejemplo, el inglés William de Malmesbury describe Colonia como "la más grande ciudad, la capital de toda Alemania, llena de bienes materiales y repletas con el patrocinio de las santas "(14). Tan sólo unos pocos años después de la finalización de la Regnante Domino, el tesoro de Colonia de las mártires se volvió material cuando durante la construcción de una nueva muralla de la ciudad se descubrió un gran cementerio, identificado posteriormente como la tumba de las Once Mil Vírgenes descritas en la Regnante Domino (15). El abad Gerlach del monasterio benedictino de Deutz, justo al otro lado del río Rin desde la ciudad, empezó la exhumación de los cuerpos de las vírgenes en 1156 (16).



Las reliquias de las Once Mil Vírgenes,
expuestas en la Cámara de Oro,
Basilica de Santa Ursula, Colonia Alemania.

El significado de este descubrimiento radica en la importancia de las reliquias religiosas, por lo general los huesos de un santo o la ropa, en el Culto cristiano de los santos (Figura 1). A través de sus reliquias, los santos podían otorgar bendiciones y milagros de curación y protección a cambio de las oraciones y devociones de una comunidad. La posesión de las reliquias de un santo confiere gran importancia a una ciudad o una iglesia. Los milagros que rodean las reliquias atrajo a peregrinos de toda Europa, lo que no sólo aumentó la importancia religiosa un lugar, sino también impulsó la economía local (17). Debido a que las reliquias eran tan importantes, el pillaje de las mismas y el aparecimiento de reliquias fraudulentas se volvió algo frecuente. Como Patrick Geary dijo, "las reliquias eran excelentes artículos de comercio": ya que eran generalmente pequeñas, fáciles de transportar y beneficiosos para los compradores, los vendedores y las autoridades locales (18).

Aunque algunos acogían con entusiasmo la autenticidad de las reliquias que habían sido exhumadas del cementerio de Colonia -uno de esos entusiastas era Thioderic, un monje de Deutz que dejó un relato en primera persona del proceso de exhumación- el abad Gerlach albergaba dudas sobre la autenticidad. De acuerdo con la Regnante Domino, que se había convertido en el texto de referencia para el culto, la compañía de las Once Mil Vírgenes de Colonia incluyó sólo a mujeres vírgenes jóvenes. Entre los huesos que se encuentran en este cementerio, sin embargo, aparecieron los cuerpos y las tabletas de identificación ("Títulos") de hombres y los niños. De hecho, muchos eran clérigos prominentes, incluso un Papa, ninguno de los cuales fueron mencionados en la Regnante Domino (19). El abad Gerlach, por lo tanto, buscó una autoridad superior para dar cuenta de los huesos anómalos y certificar la autenticidad de las reliquias.

 Gerlach se volvió hacia Elisabeth von Shönau, una monja benedictina joven reconocido como una visionaria, para validar las lápidas descubiertas junto a las reliquias. Un compañero benedictino, Gerlach puso la confianza en Elisabeth para descubrir la verdad, porque ella era muy reconocida por tener acceso exclusivo a los habitantes del cielo, recibiendo visitas personales de ellos en sus visiones (20). Como explica Elisabeth:

El esperaba que algo acerca de [las reliquias] pudiera ser revelado a mí por la gracia de Dios, y él quería que se confirmara a través de mí si debía o no ser creído. De hecho, él sospechaba que los descubridores de los cuerpos de las santas podrían haber obtenido astutamente esos títulos inscritos con fines de lucro (21).

Al parecer, ambos, Gerlach y Elisabeth mostraron cautela de que fueran reliquias falsas.
Cuando el abad Gerlach pidió a Elisabeth que validara las reliquias, él estaba elevando en Colonia a través de los poderes de ella como visionaria, enviándole de dos de las reliquias de las santas junto con las lápidas de piedra de las tumbas. Una de esas santas, Verena, contactó a Elisabeth en una serie de visiones, respondiendo a sus preguntas tímidas sobre los mártires de Colonia. Las visiones fueron publicadas en un volumen titulado El Libro de las Revelaciones acerca de la Compañía sagrada de las vírgenes de Colonia.

El Libro de las Revelaciones representaron los numerosos restos masculinos encontrados entre las vírgenes, resaltando la importancia de la familia para la iglesia. Los hombres que estaban emparentados con relaciones de sangre fueron considerados como compañía aceptable de las vírgenes, tanto en la doctrina eclesiástica como en las reglas monásticas. Elisabeth muestra muchos ejemplos de lazos familiares entre las vírgenes mártires y sus compañeros masculinos. Por ejemplo, los dos santos cuyas reliquias fueron enviadas a Schönau, Verena Lucía y San Cesáreo, eran primos (22). Del mismo modo, el arzobispo James y el obispo Maurisus, quienes se unieron a las vírgenes después de encontrarse con ellas en Roma, ambos tenían sobrinas en la sagrada compañía (23). La propia tía de Santa Úrsula, una mujer formidable llamado Gerasma ", las guió y al final tuvo que soportar el martirio con ellas"(24). En efecto, Santa Verena, recién instaurada como santa patrona de Schönau, era prima de la mismísima Santa Úrsula (25). Otra importante adición a la leyenda de Úrsula es la historia ampliada de Etherius un joven rey, pagano novio de Úrsula, que recibe una visión de Dios urgiéndole a reunirse con su novia en el martirio después de que él es bautizado (26). El énfasis de Elisabeth en los lazos familiares pone el ideal del amor por la familia, ya sean parientes consanguíneos o compañeros en la propia iglesia o de una orden religiosa, al frente de la narrativa.

El descubrimiento más problemático del abad Gerlach entre las tumbas de Colonia era el cuerpo de un Papa Ciriaco, que no figuraba ni en la Regnante Domino ni en los registros de nombres de los Papas (27). De acuerdo a las visiones de Elisabeth, Ciriaco fue el Papa que le dio la bienvenida a Úrsula y su compañía en Roma. En otro ejemplo de los lazos de sangre y parentesco, “él llegó de la tierra natal[de las vírgenes]" y "tenía muchos parientes entre [ellas]"( 28). La noche después de las vírgenes llegaron a Roma, el Papa recibió una visión de Dios que le decía que se uniría a estas vírgenes en el martirio. La razón de que su nombre no aparece en los registros papales se debe al hecho de que sólo permaneció en la sede apostólica por alrededor de un año antes de su abdicación repentina, y porque él abandonó el papado tan abruptamente los cardenales lo habían borrado de los registros. Ellos "creían que no estaba en su sano juicio al pretender dejar la cátedra pontificia por ir tras unas fatuas mujerzuelas"(29).

Elisabeth hace hincapié en que las vírgenes no sólo recibían el apoyo de hombres y mujeres, sino que también estaban adecuadamente protegidas cuidadas y atendidas por el clero. Este es un aspecto importante de la comunidad cristiana para Elisabeth y otros de su siglo que sintieron que la iglesia estaba corrompida y el clero, especialmente el Papa, estaban fallando en sus deberes pastorales (30). En el Libro de las Revelaciones, la figura del Papa Ciriaco se erige como un ejemplo del líder de la iglesia perfecta, el buen sacerdote, en contraste con el Papa moderno acusado de corrupción y negligencia.

Se retratan también las figuras seculares de autoridad como un apoyo a la vocación religiosa de estas mujeres y como aliadas de la Iglesia. Debido al hecho de que muchos de la compañía son de linaje real, la realeza está fuertemente asociada con la santidad en el Libro de las Revelaciones. Más ilustrativos son los relatos sobre del padre de Úrsula, Mauro, y su prometido, Etherius. Maurus no sólo permitió que su hija aplazara un matrimonio de estado con esta peregrinación, pero también la proveyó con once naves en las que Úrsula básicamente se enclaustra ella misma. El rey Etherius, que era novio de Úrsula, sale de su reino a unirse Úrsula (31). En las visiones de Elisabeth, los ámbitos secular y religioso carecen de definición, por lo que reyes y papas abandonan sus tronos para sufrir el martirio al lado de Úrsula. En el ideal de la sociedad Cristiana, este servicio a Dios sobre todas las cosas era fundamental.

 Esta historia debe haber resonado fuertemente en la opinión del siglo XII, sobre todo en Colonia. Esa ciudad había sobrevivido a numerosos enfrentamientos entre la Iglesia y las autoridades civiles, especialmente la rebelión de los comerciantes contra el arzobispo Anno II en 1074 y la breve guerra civil entre Enrique IV y su hijo, respaldado por el Papa, que había amenazado a Colonia en particular (32). Lo que el culto de las Once Mil Vírgenes, recién transformado por las visiones de Elisabeth, ofreció a Colonia fue un ideal, una meta hacia la cual la gran ciudad podía aspirar.

Con los acontecimientos del siglo XII, la Regnante Domino, la elevación de las reliquias, y el Libro de las Revelaciones, el culto a las once mil vírgenes se expandió por toda Europa desde Inglaterra a Italia y mantuvo su gran popularidad por los siglos (33). Cien años después de las visiones de Elisabeth von Schönau, la leyenda de Úrsula se reimprimió en la Leyenda Dorada de Jacobus de Voragine, una colección popular y ampliamente distribuida de la vida de los santos. La historia no ha cambiado desde la adaptación de Elisabeth de la Regnante Domino (34). Aún en el siglo XV, Úrsula y sus compañeras seguían siendo miembros importantes de la liturgia católica. La leyenda se volvió a publicar de nuevo en 1485 en una traducción al inglés, y el gran explorador italiano Cristóbal Colón llamó las Islas Vírgenes en memoria de ellas, ya que le pareció como si hubiera muchas islas flotando en el océano (35).



Escudo Municipal, del siglo XVI, en la exhibición
en Kölnisches Stadtmuseum, Colonia, Alemania.

 Sin embargo, el corazón del culto fue siempre Colonia. Esa ciudad fue el lugar donde las vírgenes habían sido martirizadas, el lugar de nacimiento del culto, y la fuente de sus reliquias religiosas. En todas las otras partes de Europa, se les conoce como las Once Mil Vírgenes de Colonia, y la ciudad se hizo famosa como "la más grande ciudad. . . de toda Alemania. . . . henchida con el patrocinio de las santas"(36). En muchos sentidos, el culto fue también el corazón de Colonia: la relación entre las santas vírgenes y la ciudad forman una parte importante de la identidad de Colonia. En efecto, Colonia orgullosa muestra once marcas por cada mil de esas vírgenes en su escudo municipal. Un centro económico próspero hogar de mercaderes tan ricos y competitivos a los que se prohibió el acceso a los mercados italianos y los acuñadores de la moneda más estable en Alemania, Colonia dominó una riqueza material increíble, y sin embargo, sus mayores tesoros fueron sus santas patronas. Cuando ya era uno de los principales arzobispados en el Sacro Imperio Romano, Colonia se convirtió en uno de los centros más importantes de la religión católica en Europa, comparable a Roma y Jerusalén, debido a su relación con las Once Mil Vírgenes.

NOTAS

 1 Inscripción de Clematius, alrededor del año 400. Archivum: Revista de la Facultad de Filosofía y Letras.Universidad de Oviedo. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Oviedo. División de Filología, Universidad de Oviedo. Facultad de Filología (pag. 460-461)

2 Para más información sobre los cultos de los santos y el cristianismo medieval, véase H. Adriaan Bredero, el cristianismo y el cristianismo en la Edad Media: las relaciones entre religión, Iglesia y sociedad, trad. Reinder Bruinsma (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Company, 1994), Peter Brown, el culto a los santos: su surgimiento y función en la cristiandad latina (Chicago: University of Chicago Press, 1981), Patrick J. Geary, Furta Sacra : el robo de reliquias en la Edad Media central (Princeton: Princeton University Press, 1978), Herbert Grundmann, movimientos religiosos en la Edad Media, trad. Steven Rowan (Notre Dame: University of Notre Dame Press, 1995);. Anneke B. Mulder-Bakker, ed, La invención de la santidad, Routledge Studies in Medieval Religión y Cultura (Londres: Routledge, 2002), y Miri Rubin, ed ., el cristianismo medieval en la práctica (Princeton: Princeton University Press, 2009).

3 Véase Paul Strait , Colonia en el siglo XII, (Gainesville: University Presses of Florida, 1974).

4 Ibid., 19.

5 Horst Fuhrmann, Alemania, en la alta Edad Media c. 1050-1200, trad. Timoteo Reuter (Cambridge: Cambridge University Press, 1986), 24-27; Joseph P. Huffman, Familia, Comercio y religión en Londres y Colonia: anglo-alemanes emigrantes, c. 1000-c. 1300 (Cambridge: Cambridge University Press, 1998), 11; Strait, 18-43.

6 Véase Otis Mitchell, Dos Coronas alemanas: Monarquía e Imperio en la Alemania medieval, (Bristol: Wyndham Hall Press, 1985), Furhmann y estrecho.

7 Pamela Scheingorn y Thiébaux Marcelle, "Introducción" a La Pasión de Santa Úrsula [Regnante dominó], trad. Pamela Sheingorn y Thiebaux Marcelle (Toronto: Peregrina Publishing Co., 1990), 8.

8 La Pasión de Santa Úrsula [Regnante dominó], 30.

9 Ibíd., 28.

10 Ibid., 20-21.

11 Ibíd., 30.

12 Para un análisis de este tema, consulte Adriaan H. Bredero, Peter Brown, Patrick Geary, Anneke Mulder-Bakker, y Rubin Miri.

13 La pasión de Santa Úrsula [Regnante dominó], 28. Por cierto, la segunda imagen también hace hincapié en la cohesión del grupo de las once mil vírgenes en que el vaso mantiene unidos todos los lirios de las mártires.

14 Huffman, 10. Huffman da el original latino en la nota 11 de la página (la traducción es mía): ". Colonia est civitas maxima, totius Germaniae metropolis, conferta mercimoniis, referta sanctorum patrociniis"

15 Montgomery 15, 19-20; Huffman, 208.

16 Thioderici, Incipiunt Revelationes Titulorum, MGH, SS, vol 14, 569.

17 Para la importancia de las reliquias, ver Peter Brown, Bredero Adriaan, Geary Patrick, Furhmann Horst, etc

18 Geary, 63.

19 Anne Clark, "Introducción" a Elisabeth y Anne L. Clark, Isabel de Schönau: The Complete Works, traducido y presentado por Anne L. Clark, Prefacio de Barbara Newman (Nueva York: Paulist Press, 2000), 18-19.

20 Anne L. Clark, Isabel de Schönau: del siglo XII Visionary (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1992), 37-40.

21 Elisabeth, Obras Completas, 215.

22 Ibid., 214.

23 Ibid., 218-19.

24 Ibid., 224.

25 Ibid., 226.

26 Ibid., 221.

27 Huffman, 209.

28Elisabeth, Obras Completas, 217.

29 Ibid., 217.

30 Para más información sobre pre-Reforma levantamientos religiosos, véase Herbert Grundman y Bredero Adriaan, la cristiandad y el cristianismo en la Edad Media.

31 Elisabeth, Obras Completas, 220.

32 Véase Horst Fuhrmann, 110 y Paul Estrecho, 30-31.

33 Véase Joseph Huffman y Montgomery Scott.

34 Jacobus de Voragine, La leyenda dorada de Jacobus de Voragine, trad. Ganger Ryan y Helmut Ripperger (New York: Longmans, Green and Co., Inc., 1941).

35 Karen A. Winstead, Pasiones Casto: Medieval Legends inglés virgen y mártir (Ithaca: Cornell University Press, 2000), 164-169 y Montgomery, 40-41.

36 Guillermo de Malmesbury, citado en Huffman, 10.



Artículo publicado con permiso de su autora, Eleanor O. H. Deumens
miembro del Colegio de Artes Liberales y Ciencias de la Universidad de Florida.



domingo, 23 de septiembre de 2012

Panegírico de Santa Úrsula, virgen y mártir. Nicolás Cáceres.

Predicado en la iglesia de Santo Domingo en Bogotá, 1895.
La virginidad realzada por el martirio.
Tu gloria Jerusalén.
Tú, la gloria de Jerusalén.
Judith 15,10

1 Si efectivamente no hay nación tan grande como el pueblo cristiano por razón de los favores con que lo ha distinguido su Dios, el único Dios verdadero, grande y bueno; tampoco hay pueblo en la historia que aventaje al nuestro en grandeza de ánimo y prodigios de heroísmo. Célebre fue por sus héroes, muchos de ellos fabulosos, la Grecia; famosa fue Roma por sus capitanes, la Judea por sus incomparables heroínas, Judit, Débora…; pero ¿qué tiene que ver ninguno de los pueblos antiguos con el cristiano, ni en el número o en la calidad de sus héroes y heroínas? Ahí tenéis una que vale por millares, la esclarecida y nunca bastantemente alabada Santa Úrsula, heroína que ciñe dos coronas, de virgen y de mártir, cuyo solo nombre, tan popular en todos los países de la cristiandad, basta para eclipsar a todas las celebridades femeninas de la antigüedad pagana. Verdaderamente, no hay una sola que pueda comparársela: ¿qué digo? Ni aún en las páginas de esta iglesia, tan brillante por los grandes hechos que registra, apenas podría encontrarse otro más glorioso y digno de admiración, que el triunfo de Santa Úrsula y sus once mil compañeras. Una delicada princesa, nacida en la opulencia de pagana corte, combatiendo al frente de un ejército de tiernas doncellitas, por la doble causa de la fe y la castidad, derramando su sangre generosa antes que ceder a la tiranía, venciendo moralmente a un ejército de bárbaros y asombrando al mundo entero con tan pasmoso heroísmo, decid: ¿puede imaginarse suceso más maravilloso? ¿ha ocurrido otro semejante en el mundo? ¿No es digna la esclarecida virgen de ser aclamada por todas las voces, como en otro tiempo la valerosa libertadora de Betulia: Tú, la gloria de Jerusalén; tú, la alegría de Israel; tú, la honra de nuestro pueblo? ¡Jerusalén celestial, ciudad de Dios! ¡cómo te inunda de gloria la santidad de esta tropa de ángeles humanos que sube a poblar tus palacios eternos! ¡Israel, casa de Dios sobre la tierra, Iglesia de Jesucristo, alégrate una y mil veces, enaltecida ante el cielo y la tierra con el triunfo de tus once mil vírgenes! ¡Pueblo cristiano! !He aquí tus verdaderos timbres de honor, la magnanimidad de tus héroes, la fortaleza incomparable de tus heroínas! Y es porque solo este pueblo, solo la sociedad cristiana, cuenta con auxilios superiores a todas las fuerzas del hombre, con la asistencia contínua de su Dios, que no la desampara un solo instante y la sostiene con su omnipotente brazo en la hora de las grandes luchas. Nequé enim est alia natío tam grandis, etc (Deut 1,c). ¿Cómo podría explicarse de otro modo que por el influjo del poder divino, el enigma del martirio de Santa Úrsula y sus innumerables compañeras?  Así lo siente la iglesia católica (In orat. “Deus qui inter caetera”).

2 Detengámonos cristianos, sobrecogidos de admiración y religiosa ternura para contemplar las maravillas del que es “admirable en sus santos” (Salmo 67, 36), y lo fue extraordinariamente en las que hoy celebramos. Penetrémonos bien del heroísmo de Santa Úrsula, pasando luego a reflexionar sobre sus causas y motivos, para admirar, finalmente, la grandeza de sus premios. Tal es el asunto que propongo a vuestra atención y para cuyo desarrollo imploro con vosotros el socorro de la Reina de las Vírgenes. AVE MARIA.

I
3 Ser mártir, en la acepción rigurosamente histórica de esta palabra. Es llegar a la cumbre del heroísmo. No se necesita menos que ser héroe, llevar el corazón guarnecido de fortaleza sobrehumana para dar la vida y verter la sangre entre las ruedas dentadas, o al filo de espadas desnudas, por sostener la afirmación de un sólo Dios, creador del cielo y de la tierra, y un solo Jesucristo, hijo de Dios. “ ¡Creo y nadie me arrancará la fe del corazón, aunque éste me lo arranquen del pecho!”. ¡Firmeza incomparable!!Nobilísimo heroísmo! No sé cuál otro pueda ser mayor. Pero si concurren circunstancias excepcionales en la confesión de la fe o en la defensa de la virtud, como la natural debilidad del sexo, la ternura de la edad, la atrocidad de los tormentos, la ferocidad de los verdugos y el número de las víctimas; ¿no es verdad que en tal caso el heroísmo sube de punto, no hay bastante ardor para admirarlo, ni lengua para sublimarlo? Pues decid si no es este, puntualmente el caso que presenta a los ojos de la humanidad  el triunfo de Úrsula, puesta al frente de sus gloriosas compañeras de combate, y cayendo sobre los mutilados cuerpos de sus amigas, dice la iglesia, como un rubí sobre un montón de margaritas. ¡Qué espectáculo el que contempló el cielo en aquella memorable jornada! Derrotado, a mitad del siglo V, el bárbaro Atila y sus innumerables hordas en los campos cataláunicos por Accio, el último romano, ayudado de godos y francos, regresaba a ocultar su despecho en la Panonia, cuando, para tomar alguna venganza de las naciones cristianas, cae, como bandada de buitres, sobre la nobilísima ciudad de Colonia en Germánica, la cual florecía ya desde aquel tiempo, como hoy, por la posesión de la región católica. Fue por odio a esta religión principalmente por lo que el feroz rey de los hunos, que se apellidaba a sí mismo “Azote de Dios”, entró a sangre y fuego en la ciudad cristiana, donde, emigradas de la Gran Bretaña, moraban multitudes de vírgenes, probablemente consagradas a Dios, al frente de las cuales se hallaba una noble princesa, que las exhortaba a defender a todo trance su virtud y fe jurada al celestial esposo. Era Úrsula, que, cual valerosa capitana de aquel ejército de vírgenes, recorría afanosa las filas, encendiendo en todos los ánimos el ardor del martirio, y con su palabra y ejemplo sostenía el valor de aquellas inocentes corderillas acometidas por furiosas manadas de lobos: sicut oves in medio luporum (Mt 10,16) ¡Cosa increíble, si la tradición no lo garantizara! Ni una sola entre once millares de víctimas lo fue del miedo y cobardía tan natural en el sexo. Una, por nombre Córdula, que se sustrajo a la matanza el primer día, envidiosa de la suerte de sus compañeras, se presenta al día siguiente a reclamar su corona, y la obtiene. No falta, pues, ninguna a la gloriosa consigna recibida de Santa Úrsula, morir antes que vivir afrentada (mori potius quam foedari). Aquel día se enriquecieron los cielos con millares de nuevas estrellas… Aquel día brilló en el firmamento una nueva Osa, más bella que la que lleva este nombre (Úrsula, diminutivo de ursa, osa.).

4 ¿Quién no admira, cristianos, el ánimo varonil de la heroica Judit, cuando, vestida de todas sus galas, no llevando más resguardo que una de sus criadas, deja los muros de Betulia y se interna en el campamento asirio por entre millares de picas y espadas brilladoras, hasta llegar a la presencia del fiero Holofernes, cuya mirada sangrienta y terrible apenas pueden sostener sus guerreros?. Y Judit, la débil israelita, no tiembla, no cae desmayada, como Ester delante de Asuero. Más, ¿qué diremos del valor de nuestra Úrsula, delante del nuevo Holofernes, el bárbaro Atila y los feroces hunos, cuya brutal fiereza ha dejado honda huella en las historias? ¿No se vio temblar a Roma misma al aproximarse el Azote de Dios, a quien sólo pudo contener a las puertas de la ciudad, la majestuosa figura del Papa San León Magno? Pues ¿cómo pudo resistir a su furor, enardecido con la embriaguez de la sensualidad, una tímida doncella? ¿Hay heroísmo semejante al de Úrsula y sus compañeras, desafiando la ferocidad de cien mil salvajes armados de flechas, lanzas y masas de hierro? Miradlas caer a centenares, cubierto el pecho por una lluvia de saetas, acuchilladas sin piedad por grupos de soldados, despedazadas bajo los cascos de los caballos y las ruedas de los carros que pasan sobre aquella alfombra de miembros virginales. Y no oiréis en medio de tal carnicería levantarse al cielo clamores penetrantes, acentos de dolor o de venganza, sino cánticos de gozo, voces de júbilo, himnos de triunfo, mientras vuelan aquellas almas puras a las mansiones del a felicidad eterna. ¡Qué prodigio de heroísmo! Dextera Domini fecit virtutem (Salmo 117,16): sólo Dios puede hacer cosas tan grandes. Escogió Dios las débiles criaturas para confundir a los héroes (1 Cor 1, 27).

5 Pero al lado del heroísmo deslumbrante del martirio de la fe, está otro heroísmo, tal vez no tan brillante, pero no menos generoso, el de la virginidad. Dos coronas son las que brillan en las sienes de la esclarecida Úrsula, dos palmas ostenta en sus manos, de virgen y de mártir; y, si bien lo observamos, no es menos resplandeciente la una que la otra. Porque la virginidad, sobre todo sellada con voto, tiene el mérito y las excelencias del martirio. Por ella se ofrece a Dios en sacrificio, no sólo el cuerpo sino también el corazón. Y ¡qué sacrificio más noble y generoso! El alma que ha escogido para siempre la virginidad como su herencia, ha dicho a Dios: Dominus pars haereditatis  meae et calicis mei (Salmo 15,5): Tú eres, Señor, mi patrimonio, en ti he puesto mi amor, tú me bastas, y no necesito de otro objeto para saciar el corazón. La virgen no sólo renuncia a todo lo que puede halagar la frágil naturaleza del hombre corrompido, sino todo aquello que puede fascinar el corazón y los sentidos, la pompa del mundo, la delicadeza, la vanidad, el lujo, la vida blanda y regalada y hasta los dulces afectos, que son el vino que más deleita y aún embriaga el corazón. Si la esposa cristiana entrega su corazón al hombre con quien la ha unido el cielo por todo el curso de la vida, la que escogió por esposos a Jesucristo no es dueña de brindar su afecto a ninguna criatura terrenal. Vive, pues, toda para aquel que es todo para ella. Es mártir del amor divino: es hostia viva y agradable a los ojos del Señor. He aquí, pues, dos coronas, a cual más hermosas, la del martirio de sangre y la del martirio del corazón y los sentidos. Y por otra parte, ¿creéis que es menos difícil de alcanzar esta segunda corona de la pureza virginal? ¿Hay menos enemigos qué combatir y qué vencer en este campo? Si no son de aspecto tan terrible como los tiranos, no son menos porfiados ni menos peligrosos. La lucha contra las inclinaciones de la carne es tanto más temible cuanto más disimulada e insidiosa. No es menos difícil ni menos glorioso el triunfo sobre las promesas que sobre las amenazas, sobre el deleite que sobre el dolor, sobre las dulzuras de la vida que sobre los horrores de la muerte. Y, si fuera cierto un hecho que algún panegirista encomia como tal, la suprema victoria de Úrsula fue la que obtuvo, no del temor sino del amor del jefe de los bárbaros, quien prendado de tanta magnanimidad, aún más que de la hermosura de la princesa, se lisonjea de poder obtenerla por esposa, brindándole con un enlace regio, que aunque odioso, habría deslumbrado la vanidad de otra alma menos noble que la de nuestra Santa. “Pero en vano empleas, general idólatra, le dice un orador sagrado (Torrecilla, Panegírico de Santa Úrsula), tan mezquinos artificios: Úrsula no escucha tus propuestas insidiosas, sino para despreciarlas… Pierdes tu tiempo, jefe: acaba el sacrificio e inmola a tu furor sobre esos montones de cadáveres que te rodean, la hostia más noble que queda” Úrsula, en efecto, atravesado el corazón con un dardo que le asesta el mismo Atila, vuela para juntarse con sus compañeras en el seno del celestial Esposo.

II
6 Colocado el espíritu frente a frente de tamaño heroísmo, sin poder escapar a la magia que le subyuga, no puede menos de buscar en alguna parte, sea en el cielo o en la tierra, el secreto resorte de tanta energía y magnanimidad.  ¿Qué sentimiento, qué idea o visión sublimaba a tanta altura el ánimo de Úrsula, que la hacía despreciar, no sólo las humanas grandezas, sino la misma vida con todas sus dulzuras? ¡Oh cristianos! Vosotros sabéis muy bien de cuánto es capaz el amor, el verdadero y puro amor, cuando prende su llama en un corazón generoso, v. gr., el de una esposa o una madre, y a qué sacrificios no al impele, con la misma fuerza con que las aguas de un torrente se empujan unas a otras hasta precipitarse en el abismo. Pues lo que hace el amor natural en un pecho humano, ¿creéis que no pueda ejecutarlo mejor todavía el amor sobrenatural y divino? La gracia, hermanos míos, puede más, infinitamente más que la naturaleza; y las almas que viven por la gracia, se familiarizan con todo lo grande y prodigioso. Nosotros que, oprimidos bajo el peso de las impresiones del mundo o de los sentidos, apenas experimentamos otros sentimientos que los de la naturaleza, difícilmente podemos darnos cuenta de los prodigios que realizan las almas perfectamente poseídas por la gracia, como los apóstoles, los confesores y los mártires. Estas almas afortunadas, a quienes el mundo no comprendió jamás, ni hoy mismo las comprende, no juzgan, no sienten como las almas vulgares; por eso la vida temporal y los placeres y los honores y cuanto hace el encanto del vulgo de la humanidad, no tiene para ellas importancia alguna, en comparación de los bienes invisibles que se resumen en el amor de Jesucristo. Así es que decía San Pablo con una sinceridad indiscutible: Todo lo del mundo lo tengo por basura, y reputo pérdida cuanto me estorba la posesión de Cristo (Fil 3,8). Para un alma de este temple, formada en la escuela de los primeros mártires, como la virgen Santa Úrsula, ¿qué precio podía tener la vida ni la fortuna, ni el amor de ninguna criatura en oposición a su único amor, el del Esposo Celestial? ¿No decía ella lo mismo que el apóstol: Para mí vivir es estar con Jesucristo? (Fil 1,21). Y ¿qué pretende el tirano sino robarle este amor, que es su vida verdadera? Despojándola de la fidelidad y de la pureza del corazón, ¿qué otra cosa intenta Atila que asesinar moralmente a la santa doncella? Pues bien; vaya una vida por otra, ¡piérdase enhorabuena la vida del cuerpo, piérdase todo, como no se pierda la vida del alma, el amor a mi Jesús!.

7 Y este amor, hermanos míos, que alcanzaba en Santa Úrsula y sus compañeras las proporciones del éxtasis, arrebatando su espíritu hacia las regiones de lo ideal, de lo divino y eterno, ¿no os parece que podría ejercer en su organismo, harto delicado y sensible por naturaleza, tan poderosa influencia que llegara amortiguar, si no a embotar enteramente, la sensibilidad? ¿No vemos a un joven, San Esteban, sepultado bajo una lluvia de piedras, alzar al cielo los ojos radiantes de alegría y de placer, exclamando: “Veo abiertos los cielos, y al Hijo del Hombre que me llama desde el trono de su gloria? (Hechos 7,55). “Las piedras del torrente, dice la liturgia, fueron para él dulces, como para todos los justos que le siguieron por el camino del martirio” (Lapides torrentis illi dulces fuerunt). Concíbese aún naturalmente, mucho más en el orden sobrenatural, que la vehemencia del afecto del alma pueda debilitar y aún embotar la humana sensibilidad.

8 Aparte del amor de Cristo, bastante para hacer heroínas de tímidas doncellas, ya en el claustro, ya en la arena del Circo romano, hay otro amor que se desprende del primero, y no tiene menos fuerza para transformar en leones los tímidos corderos. Es el amor de la virtud angélica en su más alto grado de pureza, el culto de la virginidad. Tiene esta virtud tan alto precio y ejerce tanto atractivo sobre las almas castas y espirituales, como imperio irresistible el vicio contrario sobre las almas terrenales y de bajos instintos. A éstas les es intolerable el yugo de la continencia más justa y racional, sintiéndose arrastradas hacia el fango por el peso de la carne corrompida: a aquellas, como a las águilas el viento, las eleva al cielo, a la región del éter diáfano, el ímpetu del espíritu, no esclavo, sino señor en los sentidos. Para Úrsula, verdadera princesa, no sólo por la sangre de sus venas sino más por la nobleza de sus sentimientos, el amor a la pureza angélica era una necesidad imprescindible, como lo es para un ángel: empañado el candor de su pecho, Úrsula no podía vivir. ¡Qué dulce necesidad la que impone la virtud a las almas elevadas! Y es, porque la pureza de la virgen cristiana, emula de la Virgen por antonomasia y del mismo fruto virginal de María, es una joya más preciosa que todas las perlas y diamantes, y brilla en la frente de la frágil criatura racional mejor que un joyel de rica pedrería. ¡Ah si supiéramos estimar en lo que vale esta joya, como supo estimarla la prudente virgen cuyas glorias celebramos, diríamos con el sabio: “Nada valen en su comparación  los reinos y los tronos; nada son las riquezas; nada la hermosura física, cotejada con ella”(Sap 7,8) El criterio del mundo, basado en los sentidos, está muy por debajo del criterio cristiano en este punto como en tantos otros; por eso para el mundo son verdaderos enigmas los hechos más corrientes en la historia de los santos, si ya no es que los relegue a la categoría de piadosas necedades. Para el paganismo era una locura el heroísmo de los mártires, como para el mundo lo es hoy el cambio de los goces de la vida por las asperezas del claustro… ¿No os parece cristianos, que encendida Santa Úrsula en el amor de la pureza, prefiriese la guarda de esta joya a la conservación de la vida, y estuviese dispuesta a soportar mil muertes en medio de cruelísimos tormentos, antes que ver ajado por impuras manos el lirio virginal consagrado a Jesucristo? Es evidente que no podía ser de otra manera, y esto explica perfectamente el denuedo sobrehumano de aquel ejército de vírgenes tan fuertes como prudentes, animadas todas por el ejemplo y las exhortaciones de su valerosa capitana a dejarse hacer pedazos por los bárbaros antes que consentir en ser indignas de alternar con los ángeles del cielo.

9 Esta es la gloria a que aspiran; y ¡qué gloria! La de formar un coro aparte, entre aquellos lucidísimos escuadrones de bienaventurados, un coro que compite en hermosura con los coros angélicos. Y, si el amor de la gloria efímera que pueden dar los hombres, es poderoso estímulo de acciones ilustres, y por ella se han visto realizados prodigios de valor, de fidelidad y de constancia, ¡qué esfuerzo no infundiría en el corazón de Úrsula y sus compañeras, la vista de la gloria eterna y el anhelo de aquellas palmas inmortales reservadas a las Esposas del Cordero! ¡Ah! ¿Quién será capaz de describir la alegría de aquel triunfo en las moradas eternas? “Ven, diríanle los ángeles, ven esposa de Cristo, a ceñir la corona de reina que el Señor tiene preparada para tus cándidas sienes” (Veni sponsa Christi etc, Ecle in off. SS. Virg.) Y el mismo Cristo la invitaría con estas dulcísimas palabras: Ven, esposa mía, ven del Líbano, de ese monte cubierto con la blanca nieve de la inocencia, y serás coronada (Cant 4,8). Y ella, regocijándose con sus queridas hermanas, las apostrofaría, como antes de ella la venturosa Inés: “Congratuláos conmigo y dadme la enhorabuena, porque con todas vosotras, sin faltar ninguna, he sido entronizada en los reinos de la luz” (Off. S. Agnet. Virg.), o como San Pablo: “Si he sido inmolado sobre las víctimas de vuestro sacrificio, congratulóme de vuestra felicidad, y os ruego que os congratuléis conmigo” (Fil 2,18) ¡Qué júbilo! ¡Qué triunfo! Suspendamos el discurso para contemplarlo.

III
10 Sin empeñarnos en la imposible tarea de describir su gloria en las alturas del cielo, detengámonos todavía por algunos momentos en la consideración de los premios decretados por la justicia divina a la heroicidad de nuestra virgen. Corona de justicia, decía el apóstol, me está reservada por el justo Juez, y no a mí solo, sino a todos aquellos que combaten como buenos a su glorioso advenimiento (2 Tim 4,8). Si la celebridad es justo galardón del mérito y el aplauso de los buenos, corona de los héroes, ¿qué celebridad y qué aplausos no ha merecido, durante catorce siglos, la gloriosa Santa Úrsula? Más de mil cuatrocientos años han transcurrido desde la fecha de su triunfo, y uno solo no ha callado sus alabanzas, las cuales, lejos de oscurecerse con las sombras que proyectan los siglos, cada día resplandecen con nuevos fulgores. La antigua y populosa ciudad, fundada por los Césares  en las márgenes del caudaloso Rin, en la Galia Germánica, teatro de aquella sangrienta, pero nobilísima victoria, es hoy todavía viviente monumento erigido a la gloria de las once mil vírgenes británicas, vencedoras del despotismo brutal de Atila y sus feroces hordas. Ahí está, como en los siglos pasados, para contar al mundo las proezas de estas heroínas de la religión y de la moral. Los sagrados restos de aquellas mártires ilustres, apenas serenada la tormenta, fueron recogidos con increíble veneración por los buenos colonienses, y honrados en decorosas sepulturas. En el campo enrojecido con la sangre virginal, en donde reposan todavía sus restos venerables, levántase majestuosa basílica, que ya a mitad del siglo VII se llamaba de las Santas Vírgenes. Su suelo no consintió jamás en dar sepultura a otros cuerpos: si tal se intentaba, la tradición refiere que eran arrojados afuera por la misma tierra. El monasterio edificado allí en el siglo IX, recibe en el siguiente a las pobres religiosas que el temor de los húngaros hace emigrar de su patria, y es enriquecido cada vez más y más honrado por los obispos y príncipes de la ínclita Colonia. Hoy día, las paredes de su hermosa iglesia, muchas veces reparada, vence decoradas con los sepulcros que guardan las cabezas de las Santas, cuya mayor parte están depositadas en el magnífico coro, una de las mejores obras arquitectónicas de la ciudad de Agripina. El nombre de esta hija ilustre de Colonia no queda sino, en los viejos anales de la historia, mientras que el de Úrsula, extranjera, pero mucho más ilustre por el heroísmo de su virtud, es aclamado y venerado junto con sus cenizas por millares y millares de devotos peregrinos. ¡Cuántos varones insignes en su santidad o posición social no han ido a postrarse delante de aquellos queridos y venerados restos! ¡Qué sentimientos de devoción no inspiraron, entre otros, al Bienaventurado Pedro Fabro de la Compañía de Jesús, lumbrera de Alemania! El sabio y piadoso pontífice León XIII, ha querido concurrir al esplendor del culto a Santa Úrsula, reformando y retocando las lecciones de su fiesta.

11 ¿Será preciso, cristianos, añadir algún rasgo más al cuadro de la gloria accidental de nuestra insigne heroína? Pues digamos, para concluir, que no en vano depositan en ella su confianza los que la honran y promueven su culto entre los fieles. Criatura de Dios tan querida, ¿no obtendrá de la misericordia infinita cuantas gracias desee y pida a favor de sus devotos? Acreditado está el poder de su valimiento en el mundo católico, por las mercedes alcanzadas, que son innumerables. Ella vuela al socorro de los que la invocan, especialmente en el trance supremo de la muerte, en el cual favorece a los que en vida se le encomiendan.

Reverenciemos como se lo merecen a estas vírgenes santísimas, y aprendamos con su ilustre ejemplo, a pelear el buen combate contra los jurados enemigos de Dios y de nuestra salvación, el mundo hipócrita, el demonio artero y la carne corruptora. ¿Quién no sentirá la eficacia del ejemplo de Santa Úrsula? ¡Plegue a Dios, amados fieles, darnos valor y heroísmo en los combates de la vida para llegar a participar algún día de los premios eternos de la gloria! Así sea.



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