
Durante mucho tiempo la «Leyenda Dorada», que representa tan fielmente la actitud de los hagiógrafos medievales, fue tratada con supremo desprecio y los eruditos denigraron implacablemente al gran Jacobo de Vorágine: «El autor de la 'Leyenda' -declaró Luis Vives- tenía una boca de bronce y un corazón de plomo».
Tal severidad no sería exagerada, si se admite que hay que juzgar las obras populares según las normas de la crítica histórica. Pero tal método tiene cada vez menos defensores; y quienes han penetrado en el espíritu de la «Leyenda Dorada», están muy lejos de despreciarla. «Por mi parte, confieso que al leerla es, algunas veces, muy difícil dejar de sonreír. Pero se trata de una sonrisa de simpatía y de tolerancia que no perturba en lo más mínimo la emoción religiosa que suscita el relato de las virtudes y los actos heroicos de los santos.
La obra de Jacobo de Vorágine nos presenta a los amigos de Dios como lo más grande que existe sobre la tierra; los santos son seres humanos que están muy por encima de la materia y de las miserias de nuestro pequeño mundo. Los reyes y los príncipes acuden a consultarles y se mezclan con el pueblo para ir a besar sus reliquias e implorar su protección. Los santos viven en la tierra, pero íntimamente unidos con Dios. Y Dios les concede, además de inmensos consuelos, cierta participación de su propio poder. Pero los santos sólo emplean ese poder para bien de sus semejantes y, por eso, el pueblo acude a ellos para obtener la curación de sus enfermedades de cuerpo y de alma. Los santos practican todas las virtudes en grado sobrehumano: la bondad, la misericordia, el perdón de las injurias, la mortificación, la abnegación; hacen amables estas virtudes y exhortan a los cristianos a practicarlas. La vida de los santos es la realización concreta del espíritu del Evangelio. Y por el sólo hecho de poner al alcance del pueblo ese ideal sublime, la «Leyenda Dorada», como cualquier otra forma de poesía, posee un grado de verdad más elevado que el de la historia. («The Legends of the Saints», c. VII, pp. 229-231)
Traducción al español que aparece en el libro
La leyenda de las once mil vírgenes, de Jaime Ferreiro Alemparte.
(Pág. 49-53)
“De las Once mil Vírgenes”, según el relato de Jacobo de Voragine en la “Leyenda Áurea”. He aquí nuestra versión del texto latino editado por Th. Graesse (1864), pp. 70 1•705:


Y Sta. Gerásina, reina de Sicilia la que a su marido, rey cruelísimo, había convertido de lobo en cordero. y era hermana del obispo Mauricio y de Daría, madre de Sta. Úrsula. Sta. Gerásina, pues, tan pronto como el padre de la santa le comunicó por cartas los designios que Dios había revelado a su hija, se hizo a la mar en dirección a Bretaña, llevando consigo a sus cuatro hijas. Babila, Juliana. Victoria y Aurea, y con su hijo pequeño llamado Adriano, el cual por amor a sus hermanas quiso embarcarse también, y así la reina dejó el reino a otro hijo suyo. Por consejo de Sta. Gerásina se les juntaron otras doncellas de diversas partes del reino, y ella fue siempre su capitana, y por último sufrió también el martirio con ellas. Cuando estuvieron reunidas las vírgenes y aparejadas las naves, con arreglo a lo pactado, y las vituallas listas, Sta. Úrsula descubrió a sus compañeras lo que secretamente acariciaba en su corazón, y que por intercesión divina le había sido inspirado. Todas al oírla se juramentaron para aquella nueva milicia. Comenzaron, pues, a ejercitarse como para un torneo. En ocasiones corrían juntas, en otras se separaban, haciendo como si se aprestasen a luchar o a emprender la fuga. Y así pasaban el tiempo en estos y otros ejercicios, sin omitir ninguno de cuantos se les ocurrían. A veces regresaban de estas expediciones al mediodía, otras al atardecer. Príncipes y nobles acudían deseosos de ver el grandioso espectáculo de aquellos juegos, y se quedaban absortos de admiración y rebosantes de alegría. Por fin, cuando Sta. Úrsula había convertido a la fe a todas las vírgenes, un día, con viento próspero, levaron anclas y fueron a dar a un puerto de la Galia llamado Tyela, y desde allí, a Colonia, donde un ángel del Señor se le apareció a Úrsula y le predijo que cuando regresaran de nuevo a Colonia recibirían la corona del martirio. Luego, siguiendo las indicaciones del ángel, se dirigieron a Roma. En Basilea dejaron las naves y continuaron el viaje a pié.


Eterio, el prometido de Sta. Úrsula, había permanecido en Bretaña. Allí se le apareció un ángel, que le pidió exhortase a su madre a hacerse cristiana, pues el padre de Eterio había muerto en el mismo año que se hiciera cristiano. Cuando las santas vírgenes con los mencionados obispos, regresaban de Roma, Eterio fue avisado por el Señor para que se pusiese en camino y fuese al encuentro de la prometida, y con ella recibiese el martirio en Colonia. Eterio oyó el aviso de Dios e hizo bautizar a su madre. y poco después emprendió el viaje con su hermana pequeña Florentina, que era ya cristiana, y con el obispo Clemente, los cuales yendo al encuentro de las vírgenes compartieron con ellas el martirio. Aleccionados por una visión llegaron también a Roma, para juntarse al ejército de las vírgenes y compartir con ellas su destino. Márculo, un Obispo de Grecia, y su sobrina Constancia, hija del rey Doroteo de Constantinopla y de la reina Frandina. Constancia había sido destinada a casarse con el hijo de un rey; pero habiendo muerto su prometido antes de la boda, determinó consagrar a Dios su virginidad. Así pues, todas las doncellas con los obispos mencionados continuaron viaje en dirección a Colonia.
La ciudad se encontraba a la sazón asediada por los hunos, los cuales, al descubrir a las vírgenes cayeron sobre ellas con gran griterío, y como lobos enfurecidos en las ovejas dieron cuenta de toda aquella santa multitud. Cuando todas fueron degolladas se acercaron a donde estaba Sta. Úrsula, y el príncipe de los hunos, al verla, quedó prendado de su extraordinaria hermosura, e intentó consolarla de la muerte de sus compañeras, prometiéndole unirse a ella en matrimonio. Pero Úrsula le rechazó con toda su alma. El, al verse despreciado, montó en cólera y la atravesó con un dardo, consumando de esta manera su martirio.
Había entre ellas una doncella llamada Córdula, la cual llena de miedo había pasado toda aquella noche escondida en la nave. Pero al amanecer salió de su escondite y se ofreció también voluntariamente a la muerte, recibiendo, lo mismo que todas las demás, la corona del martirio. Pero como no había muerto en el mismo día no se celebraba su festividad, hasta que pasado mucho tiempo se le apareció a una reclusa y le reveló que su fiesta debía celebrarse al día siguiente de la de sus compañeras. El martirio tuvo lugar en el año 238 del Señor. Algunos sin embargo no están de acuerdo de que el martirio sucediese en ese año, pues ni Sicilia ni Constantinopla eran reinos, como aquí se dice de que las reinas de ambos países habían estado con las vírgenes. Por eso me parece más digno de crédito admitir que el martirio se produjo mucho después del emperador Constantino, cuando los hunos y los godos asolaron la región, es decir, en tiempo del emperador Marciano (como leemos en una Crónica), que reinó en el año del Señor de 452.
A continuación Jacobo de Voragine inserta estos dos milagros tomados, como ya se ha dicho, del Speculum historiale de Vicente de Beauvais:
1. Era un abad que había obtenido de una abadesa de Colonia el cuerpo de una de las santas vírgenes, con la promesa de colocarlo solemnemente en su iglesia en un cofre de plata. Pero lo dejó estar un año entero sobre el altar en una caja de madera. Una noche en que el abad cantaba los maitines acompañado de sus monjes, he aquí que la virgen bajó corporalmente del altar, se inclinó con reverente humildad y, ante la estupefacción de los monjes, atravesó por medio del coro y desapareció de su vista. El abad corrió a ver la caja y la encontró vacía. Aprisa se fue a Colonia y contó a la abadesa todo lo sucedido. Ambos fueron a la sepultura de la que habían extraído el cuerpo de la virgen, y vieron que yacía allí de nuevo. El abad pidió perdón y rogó a la abadesa que le devolviera el cuerpo de aquella virgen o que le concediera el de otra. Pero su ruego no fue atendido.
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